Los daños de los antidepresivos y los psicofármacos: una advertencia necesaria
Los antidepresivos y, en general, los psicofármacos pueden aliviar el sufrimiento de algunas personas, pero no son tratamientos inocuos. Sus posibles beneficios deben sopesarse siempre con riesgos relevantes —conducta suicida, agresividad, efectos adversos físicos y mentales, dependencia y un síndrome de retirada a menudo mal reconocido—, además de con alternativas de apoyo psicológico y social.
Esta preocupación centra el seminario “Psychiatric drugs and ECT (Electroconvulsive Therapy)” (“Psicofármacos y terapia electroconvulsiva”), que impartirá el médico e investigador danés Peter C. Gøtzsche el miércoles 21 de octubre, de 19.00 a 20.30 horas, dentro del ciclo 2026 de Salud, Ciencia Crítica y Ética.
La sesión, en inglés y con subtítulos en español y portugués, llevará por título “Why psychiatric drugs and ECT should be avoided” (“Por qué se deben evitar los fármacos psiquiátricos y la terapia electroconvulsiva”).
Una crítica con recorrido
Peter Gøtzsche cofundó en 1993 la Colaboración Cochrane y creó el Centro Cochrane Nórdico. En 2010 fue nombrado profesor de Diseño y Análisis de Investigación Clínica en la Universidad de Copenhague, y ha publicado más de un centenar de artículos en grandes revistas médicas como JAMA, The Lancet, New England Journal of Medicine, BMJ y Annals of Internal Medicine.
Su trayectoria explica por qué su voz resulta incómoda para buena parte de la psiquiatría convencional y la industria farmacéutica. Gøtzsche ha dedicado buena parte de su trabajo a examinar cómo se diseñan, analizan, publican y promocionan los ensayos clínicos; sostiene que los sesgos, la selección de resultados y los conflictos de interés pueden convertir medicamentos aparentemente seguros en fuentes evitables de daño.
No se trata de negar que la depresión, la ansiedad, el trastorno bipolar, la psicosis u otros sufrimientos mentales puedan ser graves y requerir atención profesional. La cuestión es otra: un diagnóstico difícil no convierte automáticamente un fármaco en seguro, eficaz o necesario, y ningún paciente debería recibir un psicofármaco sin una información clara sobre beneficios, riesgos, alternativas y forma de retirarlo.
Antidepresivos y suicidio
La afirmación más polémica de Gøtzsche es que los antidepresivos pueden aumentar el riesgo de suicidio. No es una idea marginal: la Agencia Europea del Medicamento y la FDA estadounidense han reconocido desde hace años que estos fármacos se asocian a un incremento de pensamientos y conductas suicidas en niños, adolescentes y adultos jóvenes, especialmente al inicio del tratamiento o tras cambios de dosis.
En 2004, la FDA impuso una advertencia de “cuadro negro” —la más seria que puede incluir en el prospecto de un medicamento— sobre el riesgo de suicidio asociado a los antidepresivos en jóvenes. Posteriormente amplió la advertencia a los adultos de hasta 24 años y subrayó la necesidad de una vigilancia estrecha durante las primeras semanas de tratamiento.
La evidencia revisada por Gøtzsche y colegas va más allá. Un análisis de informes clínicos de cinco antidepresivos encontró que, en niños y adolescentes, el riesgo de suicidio y agresividad se duplicaba frente a placebo.
Otro trabajo, centrado en voluntarios adultos sanos, halló que los antidepresivos duplicaban la aparición de sucesos relacionados con suicidio y violencia; los autores subrayaron que estos efectos aparecieron durante la fase aleatorizada de los ensayos, no solo durante la retirada del fármaco.
Esto no significa que cada persona que toma un antidepresivo vaya a empeorar ni que deba abandonarlo de golpe. Pero sí obliga a abandonar el mensaje tranquilizador de que estos fármacos “no pueden causar suicidio”. La propia FDA reconoce que la depresión puede empeorar y que pueden aparecer ideación o conducta suicida, con o sin medicación; por eso exige monitorización y seguimiento cercano, particularmente en pacientes jóvenes.
Agresividad, akatisia y despersonalización
El riesgo no se limita al suicidio. Algunos antidepresivos pueden provocar akatisia, una inquietud interna intensa y desagradable que puede sentirse como incapacidad de permanecer quieto, tensión extrema, irritabilidad o una urgencia difícil de controlar.
En personas vulnerables, esta experiencia puede contribuir a impulsividad, agitación, conductas violentas o ideas suicidas.
También se han descrito reacciones como despersonalización, desrealización, insomnio, ansiedad paradójica, cambios bruscos de humor, alteraciones sexuales, aumento de peso, náuseas, sequedad de boca, sudoración, mareos y problemas de sueño.
No todos los pacientes las sufren, y su intensidad varía según el fármaco, la dosis, la duración del tratamiento y la susceptibilidad individual; pero reducirlos a “efectos leves y transitorios” es una simplificación inaceptable.
La revisión Cochrane sobre antidepresivos en atención primaria encontró que tanto los tricíclicos como los ISRS podían ser eficaces frente a placebo, pero también que los efectos adversos provocaban abandonos del tratamiento. Para los ISRS, el número necesario para producir un abandono por efectos adversos osciló entre 20 y 90 pacientes, según los estudios incluidos.
Ese dato merece una lectura sencilla: si un medicamento produce abandonos por toxicidad en una proporción apreciable de personas, no puede presentarse como una intervención sin consecuencias.
La eficacia media observada en ensayos tampoco equivale al beneficio que obtendrá cada paciente concreto. De hecho, una revisión metodológica publicada en BMJ Open concluyó que la evidencia disponible no permite afirmaciones definitivas sobre la eficacia de los antidepresivos frente a placebo en adultos con depresión, dadas las limitaciones de los estudios.
La retirada: el problema silenciado
Durante décadas se dijo que los antidepresivos no creaban dependencia y que sus síntomas de suspensión eran breves y leves. La experiencia de muchas personas, y la evidencia acumulada, obligan a matizar seriamente esa idea.
La guía NICE del Reino Unido reconoce que los síntomas de retirada pueden variar mucho en tipo y gravedad, afectar a la salud física y mental, aparecer de forma tardía y persistir durante un periodo prolongado. Recomienda no interrumpir bruscamente la mayoría de estos medicamentos y reducir la dosis de forma lenta y proporcional, haciendo decrementos menores cuanto más baja sea la dosis.
Los síntomas pueden incluir ansiedad, irritabilidad, insomnio, sueños vívidos o aterradores, mareos, dolor de cabeza, fatiga, dificultades de concentración, sensación de descargas eléctricas —los llamados brain zaps—, desrealización, náuseas y pensamientos suicidas.
El Royal College of Psychiatrists advierte de que algunos pueden aparecer incluso tras olvidar una sola dosis, y que en ciertas personas duran meses o más de un año.
El problema clínico es doble. Primero, el malestar de la retirada puede confundirse con una recaída de la depresión, lo que lleva a reinstaurar o aumentar el fármaco en vez de reconocer el síndrome de suspensión. Segundo, muchas personas no fueron informadas de que dejar el tratamiento podría ser difícil, por lo que se enfrentan a síntomas que no comprenden y que pueden interpretar como prueba de que “necesitan el medicamento para siempre”.
Un artículo en British Journal of General Practice subraya que los síntomas de retirada pueden ser graves e incluir mayor ideación suicida, y propone reducciones graduales que se prolonguen al menos durante meses. La conclusión práctica es clara: nunca debe suspenderse un antidepresivo de forma abrupta sin valoración profesional, especialmente si se llevan meses o años tomándolo, si la dosis es alta o si ya se han tenido problemas al reducirlo.

Más allá de los antidepresivos
Aunque los antidepresivos concentran buena parte del debate, los psicofármacos comparten problemas estructurales: se prescriben a menudo para controlar síntomas, sus beneficios a largo plazo pueden estar peor estudiados que sus efectos a corto plazo y sus riesgos se infravaloran o se atribuyen a la enfermedad de base.
Los antipsicóticos, por ejemplo, pueden causar sedación, aumento de peso, diabetes, alteraciones del movimiento, disfunción sexual y síndrome metabólico. Los ansiolíticos benzodiazepínicos pueden generar dependencia física y dificultades importantes al retirarlos. Los estabilizadores del ánimo y otros fármacos utilizados en psiquiatría también exigen controles clínicos y analíticos, porque no son sustancias neutras para el organismo.
Esto no implica que ningún psicofármaco deba utilizarse jamás. En determinadas situaciones —psicosis aguda, manía grave, riesgo inminente, sufrimiento intenso cuando otras medidas no han funcionado o han sido insuficientes— pueden tener un papel. Pero ese papel debe ser excepcional, revisado, informado y acompañado de alternativas reales: psicoterapia, apoyo social, ejercicio, sueño, intervención familiar, resolución de problemas económicos o laborales y, cuando proceda, tratamiento de causas físicas del malestar.
Qué debería cambiar
La crítica a los psicofármacos no debería reducirse a un lema. Debe traducirse en cambios concretos:
- Informar por escrito y en lenguaje comprensible de los beneficios esperados, los efectos adversos, el riesgo de suicidio, la posibilidad de síndrome de retirada y las alternativas disponibles.
- Evitar prescripciones automáticas o indefinidas; revisar periódicamente si el fármaco sigue siendo necesario, a qué dosis y con qué beneficios reales.
- Vigilar estrechamente el inicio del tratamiento, los cambios de dosis y las primeras semanas, sobre todo en menores y adultos jóvenes.
- No confundir la retirada con una recaída sin una valoración cuidadosa.
- Ofrecer reducciones lentas, individualizadas y supervisadas cuando se decida suspender un antidepresivo.
- Dar peso real a la psicoterapia, el apoyo social y las intervenciones no farmacológicas, en lugar de presentar el fármaco como la única respuesta posible.
- Exigir transparencia en los ensayos clínicos, publicación de resultados negativos e independencia respecto de la industria farmacéutica.
Una decisión informada
El mensaje de Peter Gøtzsche es incómodo, pero necesario: la historia reciente de los antidepresivos muestra que la evidencia puede ser distorsionada cuando confluyen intereses comerciales, mala praxis en la investigación y una resistencia institucional a reconocer los daños. Reconocerlo no significa criminalizar a los profesionales ni dejar sin tratamiento a quienes lo necesitan; significa elevar el estándar de la atención.
Nadie debería sentirse obligado a tomar un psicofármaco sin saber qué puede esperar de él. Y nadie debería enfrentarse solo a la retirada de un medicamento que le fue prescrito como solución, pero que terminó convirtiéndose en un problema adicional. La salud mental exige compasión, tiempo, escucha y evidencia honesta; no recetas rápidas ni promesas de seguridad que la realidad clínica no siempre confirma.
