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¿Realmente se muere más por el calor en España? Lo que dicen los datos (y lo que no)

Cada verano, cuando llegan las primeras olas de calor, los titulares son inevitables: “Miles de muertes atribuibles al calor”, “récord de mortalidad por temperaturas extremas”, “el cambio climático ya está matando”. Y cada verano, también, aparecen voces que ponen en duda esas cifras, acusándolas de alarmistas, manipuladas o simplemente inventadas.

La realidad, como casi siempre, está en un término medio más matizado. Sí hay evidencia sólida de que el calor extremo aumenta la mortalidad, pero las cifras que se manejan no son recuentos directos de certificados de defunción, sino estimaciones estadísticas basadas en modelos epidemiológicos. Y esos modelos, aunque son estándar en salud pública, tienen limitaciones que conviene conocer.

Lo que dice la “oficialidad”: el sistema MoMo

En España, la referencia principal es el sistema MoMo (Monitorización de la Mortalidad Diaria), coordinado por el Instituto de Salud Carlos III y el Ministerio de Sanidad, en colaboración con la AEMET. Su objetivo no es contar cuántas personas han muerto “por calor” en el sentido clínico estricto, sino estimar el exceso de mortalidad atribuible a altas temperaturas en tiempo real.

¿Cómo funciona?

  • Se recogen datos diarios de mortalidad por todas las causas.
  • Se modeliza la mortalidad esperada en función de la tendencia temporal y la estacionalidad.
  • Se introduce la temperatura máxima diaria y se calcula cuánto aumenta el riesgo de muerte cuando se superan ciertos umbrales provinciales.
  • La diferencia entre la mortalidad observada y la esperada en días calurosos se atribuye, en parte, al efecto del calor.

Según las estimaciones oficiales:

  • Entre 2015 y 2025, se atribuyeron 27.564 muertes a las altas temperaturas en España.
  • El año de mayor impacto fue 2022 (4.789), seguido de 2025 (3.832).
  • En 2026, entre el 16 de mayo y finales de agosto, las estimaciones superan las 5.200 muertes atribuibles al calor, el valor más alto desde que comenzó la serie en 2015.
  • El riesgo de mortalidad aumenta entre un 9,1% y un 10,7% por cada grado que la temperatura supera el umbral de riesgo para la salud.

Estos datos se han convertido en la base de las campañas de prevención, los planes de actuación frente a olas de calor y muchos titulares de prensa.

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Lo que dicen los críticos: “son solo estadísticas”

Frente a estas cifras, hay médicos, divulgadores y ciudadanos que argumentan:

  • Ningún médico firma un certificado de defunción con “calor” como causa básica. Lo habitual es codificar enfermedades concretas: infarto, ictus, insuficiencia respiratoria, deshidratación grave, etc.
  • Por tanto, las cifras de “muertes por calor” serían meras estimaciones estadísticas, cruces de series de mortalidad y temperatura, sin respaldo clínico directo.
  • Algunos añaden que el clima siempre ha variado, que ha habido periodos más cálidos en el pasado y que el actual no sería tan excepcional como se pinta.
  • En el caso de los incendios, se señala que “los montes no arden porque haga calor, sino porque la maleza está seca”, apuntando a la gestión forestal y al abandono rural como factores clave.

En el fondo, la crítica tiene un núcleo razonable: es cierto que no hay una causa “calor” en los certificados y que las cifras oficiales son modelizadas, no recuentos directos. Pero de ahí a concluir que el calor no mata o que las estimaciones son “inventos” hay un salto que la evidencia científica no respalda.

Para entender qué ocurre de verdad, conviene separar tres planos: la práctica clínica, la epidemiología y la tendencia a largo plazo.

1. En la práctica clínica: el calor como desencadenante, no como causa única

Un médico rara vez escribirá “calor” como causa de muerte. Lo que sí ve es:

  • Personas mayores con enfermedades cardiacas o respiratorias que empeoran durante una ola de calor.
  • Pacientes deshidratados que desarrollan fallo renal o alteraciones electrolíticas.
  • Personas con demencia o movilidad reducida que no se hidratan lo suficiente y acaban en una situación irreversible.

Desde el punto de vista clínico, la causa inmediata puede ser un infarto, una neumonía o una insuficiencia cardiaca. Desde el punto de vista de la salud pública, el calor actuó como desencadenante evitable que aumentó la probabilidad de ese desenlace.

Los modelos MoMo intentan cuantificar precisamente ese efecto poblacionalcuántas muertes adicionales se producen cuando las temperaturas suben por encima de ciertos umbrales, aunque en los certificados aparezcan otras causas.

2. En la epidemiología: estimaciones con márgenes de incertidumbre

Aquí es donde la controversia se vuelve más técnica. El sistema MoMo usa la provincia como unidad geográfica y asume que toda la población de esa provincia está expuesta a la misma temperatura. Esto introduce lo que los epidemiólogos llaman error de clasificación de la exposición: en realidad, dentro de una provincia hay zonas más calurosas y otras más frescas, ciudades y áreas rurales, costa y montaña.

Estudios más recientes, como el realizado en Cataluña por Barceló y colaboradores (en el último enlace que pongo), han aplicado modelos más refinados:

  • Usando áreas básicas de salud (mucho más pequeñas que las provincias).
  • Incorporando predicciones de temperatura a nivel local mediante modelos espaciotemporales.
  • Teniendo en cuenta factores socioeconómicos (nivel de ingresos) y otras variables (humedad, temperaturas mínimas).

Sus resultados sugieren que el modelo MoMo podría estar subestimando la mortalidad atribuible al calor. En el verano de 2022 en Cataluña, mientras MoMo atribuía alrededor del 15-23% del exceso de mortalidad al calor, este modelo más fino estimaba cerca del 49%.

Es decir: la crítica de que “son solo estadísticas” es parcialmente cierta, pero la conclusión correcta no es “entonces no valen”, sino “son estimaciones con márgenes de incertidumbre que pueden mejorar con modelos más precisos”. Y, curiosamente, los modelos más refinados tienden a mostrar un impacto igual o mayor, no menor.

3. A largo plazo: más calor, más riesgo, pero también más adaptación

Aquí el panorama es más complejo. Por un lado, hay evidencia clara de que:

  • Las temperaturas medias y extremas están aumentando en España, especialmente en verano.
  • Las olas de calor son más frecuentes, más intensas y más largas, y aparecen en meses que antes eran menos críticos (mayo, junio, septiembre).
  • El riesgo de mortalidad crece de forma no lineal cuando se superan ciertos umbrales, especialmente en personas mayores, con enfermedades crónicas o en situación de vulnerabilidad socioeconómica.

Por otro lado, estudios como el de ISGlobal muestran que, entre 1980 y 2018, la mortalidad atribuible al calor disminuyó a pesar del aumento de temperaturas, gracias a factores como:

  • Mayor presencia de aire acondicionado (responsable de alrededor del 28-31% de la reducción).
  • Mejoras en vivienda, ingresos y educación.
  • Sistemas de alerta temprana y planes de prevención.

Esto explica por qué algunas series históricas muestran una menor susceptibilidad al calor con el tiempo. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿seguirá siendo así si las temperaturas continúan subiendo y las olas de calor se vuelven más extremas?

Los datos más recientes (2022, 2025, 2026) apuntan a que el impacto absoluto está aumentando, en parte porque el calor extremo está superando la capacidad de adaptación previa.

Incendios, clima y gestión forestal: las dos verdades

En el caso de los incendios, el razonamiento es similar. Es cierto que:

  • La gestión del combustible vegetal, el abandono rural y la legislación influyen de forma decisiva en la severidad de los incendios.
  • La superficie forestal en España ha aumentado en las últimas décadas.

Pero también es cierto que:

  • El riesgo meteorológico de incendio (días muy calurosos, secos y ventosos) ha aumentado.
  • La temporada de riesgo se ha alargado.
  • El calor y la sequía secan más y antes la vegetación, haciendo que cualquier ignición tenga más probabilidades de convertirse en un gran incendio.

Reducir el problema a “mala legislación” o a “todo es natural” es quedarse corto. Lo más honesto es reconocer que ambos factores importan: la gestión humana del territorio y el contexto climático cambiante.

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Entonces, ¿se muere más por el calor o no?

La respuesta más precisa es:

  • Sí, el calor extremo aumenta la mortalidad, especialmente en personas mayores y vulnerables.
  • Las cifras oficiales no son recuentos directos de “muertes por calor”, sino estimaciones de exceso de mortalidad atribuible a altas temperaturas, basadas en modelos epidemiológicos validados.
  • Esos modelos tienen limitaciones (unidad geográfica amplia, no incluyen todos los factores socioeconómicos, etc.), pero los estudios que los mejoran tienden a mostrar un impacto igual o mayor, no menor.
  • A largo plazo, la adaptación (aire acondicionado, vivienda, ingresos, planes de prevención) ha reducido la susceptibilidad, pero el aumento del calor extremo está empujando al sistema más allá de lo que esa adaptación puede compensar.
  • En incendios y otros fenómenos, clima y gestión humana interactúan: negar uno de los dos planos no ayuda a entender ni a prevenir.

Qué podemos hacer (sin caer ni en el alarmismo ni en la negación)

  • Aceptar que hay riesgo real, especialmente para personas mayores, con enfermedades crónicas, que viven solas o en condiciones de vulnerabilidad.
  • Seguir las recomendaciones de los planes de calor: hidratación, evitar las horas centrales, permanecer en lugares frescos, revisar medicación, etc.
  • Exigir mejores datos y modelos, más desagregados por zona, edad y nivel socioeconómico, para afinar las políticas de prevención.
  • Mejorar la adaptación: vivienda, eficiencia energética, acceso a refrigeración, espacios verdes urbanos, sin depender exclusivamente del aire acondicionado.
  • Gestionar mejor el territorio: limpieza de combustible, prevención de incendios, ordenación forestal, sin ignorar que el clima está cambiando.

En resumen: no es cierto que “nadie muera por el calor”, pero tampoco es útil convertir cada ola de calor en una catástrofe apocalíptica. Los datos, leídos con rigor, apuntan a un problema real, medible y prevenible, que requiere menos ideología y más salud pública: mejores modelos, mejor adaptación y más protección para quienes más lo necesitan.

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