TDAH (II): Los tratamientos, en duda por su baja eficacia y peligrosidad

Segunda entrega del texto sobre el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) que ha escrito el psiquiatra Mariano Almudévar, tras publicar hace unos días el primer capítulo.

El tratamiento del “trastorno” es mayormente con estimulantes cerebrales y hay que hacer notar que aunque la categoría de TDAH es reciente, los tratamientos son verdaderas antigüedades de la psicofarmacología. La anfetamina es una droga ya sintetizada en el siglo XIX y el metilfenidato lo fue durante la segunda guerra mundial.

En esta guerra los estimulantes eran usados en los dos bandos para combatir la fatiga, mantenerse despierto y mejorar la atención: tropas panzer, kamikaces japoneses y técnicos de radar aliados los usaron. Después se utilizaron para tratar la obesidad y por camioneros de largo trayecto Estamos hablando de la misma familia de drogas de la centramina, usada por estudiantes españoles hace ya más de cincuenta años y del “speed” que se dice mató a Jimmy Hendrix.

En los USA la utilización de estimulantes es frecuente para hacer “cramming”: estudiantes en exámenes finales, profesionales que tiene que acabar en fecha y trabajar día y noche e incluso jugadores de baseball, a través de las llamadas “Excepciones Terapéuticas” que por ahora no se han admitido en el deporte internacional. En definitiva, los estimulantes dan ventajas competitivas a corto plazo.

Hoy hay probablemente más de seis millones de niños americanos tomando estimulantes cerebrales para el tratamiento del TDAH en los USA y la cifra sigue creciendo. El concepto se está extendiendo a adultos; más de la mitad de los niños con TDAH se supone que no se “curarían” pero el incremento en adultos es principalmente por nuevos diagnósticos. Los estimulantes no parecen mejorar las relaciones familiares y con otros alumnos, y si bien los efectos sobre la atención e impulsividad errática están bien establecidos durante el primer año de uso por el hoy casi canónico estudio MAT del NIMH de 1999, un meta-análisis comprensivo de esos años, aun reconociendo el efecto notable a corto plazo, duda de que esa marcada mejoría dure más allá de cuatro semanas.

No hay evidencia ciertamente de su efectividad a partir de los catorce meses o a tres años de inicio del tratamiento en seguimientos del estudio del NIMH antes citado y un trabajo científico basado en ese mismo MAT/NIMH apunta a que serían responsables de que se deteriore la conducta e incluso de delincuencia y abuso de drogas, a partir de los dos años de su uso. Esto plantea por lo tanto importantes cuestiones de “tolerancia” y efectos de “rebote” en tratamientos prolongados.

Si el alumno, con TDAH o sin él, está “enfocado en una tarea” relevante, su rendimiento mejorará y su actividad se reducirá; si no lo está se pasará el rato muy atento a las musarañas. Los efectos duran unas horas. No hay evidencia de que los estimulantes mejoren la capacidad de resolver problemas o la inteligencia creativa. O de que mejoren el rendimiento académico a medio o largo plazo. Son poco efectivos en aquellas condiciones donde hay evidencia o claros indicios de daño cerebral real como la discapacidad intelectual y/o el autismo de Kanner, aunque su uso está muy extendido en este último. Podríamos decir que con demasiada frecuencia se trata al alumno para beneficio del profesor.

La atomoxetina es una droga más reciente para el tratamiento del TDAH. De dudoso mecanismo, su acción podría ser similar a la de algún antidepresivo. Parece ser más lenta en sus efectos y a veces se le añaden estimulantes para potenciarla. Los efectos de los estimulantes, que son en relación a otros medicamentos psicotrópicos casi inmediatos, se derivan de sus acciones sobre neurotransmisores, en particular el aumento de la dopamina, en las sinapsis y así mejoran la atención y disminuyen la actividad sin propósito. En otras palabras, sirven para reducir la atención dispersa y las respuestas a estímulos irrelevantes.

Los efectos secundarios de los estimulantes se consideran en general asumibles, aunque hay la posibilidad de brotes psicóticos en hasta un 5% de casos y de muerte por fallo cardíaco, una terrible reacción adversa muy rara. Además, existen posibles alteraciones genéticas. La ficha técnica de una de ellos nos dará una idea, aunque no parece mencionar uno de los efectos más frecuentes, los tics, que podrían continuar incluso después de parar la medicación.

El uso prolongado puede tener consecuencias neurofisiológicas a largo plazo que disminuirían la capacidad de recompensa y la tolerancia a estímulos estresantes y nociceptivos (de dolor). En el caso de la atomoxetina, la alerta black box, caja negra (la máxima alerta que ofrece la agencia de medicamentos de Estados Unidos, la FDA), es por razones de su toxicidad hepática.

12 Comentarios a “TDAH (II): Los tratamientos, en duda por su baja eficacia y peligrosidad”
  1. Raquel

    También habla sobre TDAH, Teresa Forcades, LA MEDICALIZACIÓN DE LA SALUD

  2. Thaïs

    Podria leer la parte I por favor, me parece muy interesante. Pero me han pasado solo la parte II
    Gracias

    • Miguel Jara

      Thäis, tienes un buscador en el lado derecho del blog en el que puedes encontrar ese un muchos artículos más sobre el tema.

  3. Angel

    Hola:
    Si la gente supiera que muy posiblemente sus hijos tengan hiperactividad, o déficit de atención, debido a la contaminación electromagnética, quizá les quitarían esas pastillas… Yo lo tengo constatado en varios casos. Niños hiperactivos, que andaban de puntillas, que no miraban a los ojos, no prestaban atención ni siquiera a los dibujos por más de 5 minutos, sonámbulos… Quitan sus padres el WIFI y ese niño en una semana, deja de tener esos síntomas… Pero como la gente quiere más a su wifi y su smartphone que a su propia vida, no les entra en la cabeza que algo que no se ve y no se huele, pueda provocarles estas patologías en aumento exponencial…. ¿Es tan dificil usar cable en casa y tener internet y telefono fijo (en vez de DECT), sólo por si acaso fuera el detonante o agravante del TDAH?

  4. Daniela

    Soy Chilena y profesora de corazón.
    Y se que el TDAH está presente en cada aula de Chile y el mundo. Los farmacos son exigidos a los padres gracias al sistema educacional: No se puede lidiar con tantos niños (todos hermosamente diferentes) y por tanto tiempo, menos si sumamos las exigencias de la dirección y del estado.

    Cito: “Si el alumno, con TDAH o sin él, está “enfocado en una tarea” relevante, su rendimiento mejorará y su actividad se reducirá; si no lo está se pasará el rato muy atento a las musarañas…”

    Es simple: Reducir la matricula por aula. Mejorar el curriculum didáctico.

    Miles de autores lo confirman: Todos aprendemos de diferentes formas y con diferentes estrategias, entonces, por qué seguimos enseñando igual? Por qué intentamos clonar niños en vez de potenciar sus individualidades???! Eh sido testigo de como los neurólogos de mis país, medican sin exámenes!!!!! Solo gracias a una entrevista estructurada enviada por el/la profesor/a…. muchas veces, sin ni siquiera conocer al menor…

    Mi teoría: A los gobiernos no les sirve, pero bueno, esa es información de otro pendrive como dicen mis alumnos tecnológicos.

    Siento que se necesita un trabajo más colaborativo, desde la medicina, la educación y la familia. Se necesita un cambio drástico en la educación; el curriculum y el aula.

    No queda más que informarse y conocer sobre otras terapias alternativas que sin duda mejorarán la vida de cualquiera como el yoga, reiki y la alimentación…..

    Saludos!!!!

  5. Javier Herraez

    Excelente articulo.

    Mi opinión es que los niños no deberían ser medicados salvo en los casos que se documentaran con pruebas como indudablemente necesario.

  6. Vicente

    Si leemos de forma consecutiva las dos entradas TDAH (I) y TDAH (II) que has publicado, las conclusiones no son muy optimistas. De todos modos muy buenas entradas ambas.

  7. Luis

    Excelente artículo. Pero este tema está ya más que trillado. Por ejemplo, Peter Conrad en 1979 decía:

    ” Los niños agitados e inquietos, que no prestan atención en la escuela y que a menudo se portan mal y son difíciles de manejar probablemente siempre han existido. No obstante, medicalizar la hiperactividad es beneficioso para importantes instituciones establecidas. Ahora las escuelas cuentan con un medio efectivo de reducir los trastornos ocasionados por tales niños; también las familias tienen menos problemas en este sentido, a la vez que los padres no tienen motivos para sentirse culpables, ya que se considera que la causa es orgánica; las compañías farmacéuticas que han fomentado en gran medida el tratamiento médico a base de estimulantes en el caso de la hiperactividad han conseguido grandes beneficios (se dice que en 1970 sólo la venta de Ritalin proporcionó trece millones de dólares) de su fabricación y los propios médicos cuentan con otro medio de “ayudar” a las familias afligidas a resolver sus problemas internos”. (Peter Conrad “Sobre la medicalización de la anormalidad y el control social”, pág. 151, en Psiquiatría crítica: la política de la salud mental, Ed. Crítica, 1982.)

    El problema desde entonces ha ido creciendo exponencialmente. La cuestión es, ¿qué hemos hecho para evitarlo desde que se publicó el libro citado más arriba? ¿cómo podemos luchar contra todo esto? O se hace una “lucha” organizada desde la sociedad civil (recogidad de firmas, blogs de denuncia, organizaciones sociales o plataformas civiles, presión política, reivindicación de transparencia a la clase médica…) o perderemos por goleada. James Hillman decía que EEUU odiaba a lo niños…¿dejaremos que España también odie a los niños?

    • Alredol

      Luis

      Por lo visto, yo no la he leído, hay una tableta cuneiforme sumeria o asiria de un tutor que se queja a un padre de lo distraído y mal alumno que es su hijo. Supongo que podríamos especular que con el neolítico, al fin y al cabo hace solo 10.000 años, el fenotipo del hombre que buscaba, husmeaba y cazaba tuvo problemas cuando se trataba de hacer de centinela en el puesto, entre cavar las cebollas o estar quieto en el aula. Y podría ser que algunos “cazadores” de negocios tengan esos genes. Todo es especular.

      Es cierto que aunque no tanto como el neolítico, se lleva mucho tiempo con este tema del TDAH. No conocía a Hillman pero un sociólogo, Box, ya alertó en los setenta de este fenómeno. A veces hay que seguir reiterando verdades aunque el tema ya este trillado, porque si no se hace, las falacias y las violaciones de los derechos humanos son aun peores. La batalla del TDAH puede que esté perdida, pero la de otros psicofármacos y sobre todo la de los los antipsicóticos no los están. Y no olvidemos que se ganaron hace años las de los barbitúricos, lobotomías, coma insulínico etc, y se frenó en muchos países el consumo de benzodiacepinas.

      Y no hay que olvidar que se continuó con la eutanasia de discapacitados al principio del dominio nazi, el programa Action T4, aunque, para acallar las quejas de los obispos bávaros, esto se hiciera a la chita callando. No solo técnicamente si no en términos de sensibilización de la gente, las duchas de gas perdieron su monstruoso significado; las protestas se acallaron. En ciertas circunstancias todos podemos ser “alemanes”, esto también está muy “trillado” pero necesitamos recordarlo.

  8. Nux

    Me ha gustado el “o sin él” de la frase <>.

    No es de extrañar que cada vez se diagnostiquen más dificultades de la atención en la escuela. Para muchos niños debe ser una verdadera tortura atender a tanto aburrimiento curricular.

  9. Rosario

    Hola. Soy médico y simpatizante de las tendencias anti-medicalización de la vida, por lo tanto estoy muy atenta a los excesos en este sentido. Recientemente he realizado una especie de investigación en la población en la que vivo (zona rural manchega) sin pretensiones y sin método científico, pero me ha servido para concluir que en mi entorno, el TDAH no está sobrediagnosticado, que los padres que han llevado a su hijo al especialista lo han hecho por bastantes más razones que las de la simple inquietud del niño y que, efectivamente, la educación y la comunicación familiar es tremendamente importante en este asunto, tanto que a veces permite usar dosis mínimas o incluso retirar el fármaco.
    Conozco la tristeza y la impotencia de unos padres que han visto a su hijo sufrir por las limitaciones de su problema atencional a pesar de los esfuerzos, y que han comprobado la mejoría en la atención -y por lo tanto el rendimiento y la autoestima del niño- en pocos días con solo añadir el fármaco.
    Opino que no es conveniente demonizar nada en esta vida; hasta la droga más fuerte puede tener sus ventajas a ciertas dosis y en ciertos momentos. Lo que sí hay que hacer es huir de la esclavitud que supone la inflexibilidad.
    Felicidades por vuestro trabajo.

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