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Estrés, precariedad y drogas: por qué suben cocaína y ketamina en España

España se ha consolidado como una de las grandes potencias europeas del consumo de cocaína, mientras una “nueva estrella” del mercado ilegal crece en silencio: la ketamina, que se dispara en las aguas residuales de las ciudades europeas.

El último gran estudio europeo de aguas residuales ha analizado muestras de 115 ciudades de 25 países, con una población conjunta de unos 72 millones de personas, durante una semana entre marzo y mayo de 2025. Este programa, coordinado por la red científica SCORE junto con la Agencia Europea de Drogas (EUDA), se ha convertido en un “escáner” implacable del consumo real de drogas en Europa, más allá de encuestas y declaraciones de buena voluntad.

La fotografía que ofrece el informe de 2026 es clara: las cargas de metabolitos de cocaína en aguas residuales aumentan un 22% entre 2024 y 2025 en las ciudades que tienen datos de ambos años. Paralelamente, la ketamina -un anestésico que se ha reconvertido en droga recreativa– sube de forma aún más llamativa: un 41% de incremento en el mismo periodo.

En ese mapa, España destaca: las ciudades del oeste y sur de Europa, especialmente en Bélgica, Países Bajos y España, concentran las cargas más altas de metabolitos de cocaína. En la práctica, esto significa que, por nuestras depuradoras, circula mucha más “coca” de la que solemos admitir en el debate público.

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Cocaína: España en el podio europeo

Los estudios de aguas residuales llevan años mostrando que varias ciudades españolas se sitúan sistemáticamente entre las que registran más rastros de cocaína de toda Europa. Barcelona, Castellón, Madrid, Santiago o Valencia han participado en estas campañas europeas, y ya en 2018 se detectaban niveles de metabolitos de cocaína más altos que en muchas otras urbes del continente.

En la actualización más reciente, el foco mediático se ha posado en Cataluña: en 2025, la presencia de cocaína en el agua de Barcelona era un 185% mayor que en 2024, es decir, prácticamente se triplicó en solo un año, volviendo a niveles cercanos a los de 2017 tras un periodo de descenso.

Sin embargo, no es la ciudad que encabeza el ranking dentro de España: ese “honor” lo tiene Lleida, que aparece por delante de Barcelona, Granada o la propia Tarragona.

La paradoja de Lleida resulta llamativa: una ciudad sin puerto, sin el imaginario asociado a la gran ruta internacional de la cocaína, pero con más metabolitos de cocaína en sus aguas residuales que enclaves como Amberes o Barcelona.

Mientras tanto, Tarragona venía situándose entre las ciudades con más carga de cocaína de Europa, solo por detrás de la belga Amberes, hasta que ha decidido retirarse del proyecto y dejar de facilitar datos. La retirada de una ciudad que salía mal parada, en vez de ser un acicate para políticas públicas, funciona como metáfora de algo más profundo: preferimos no mirar el espejo si sabemos que nos va a devolver una imagen incómoda.

Ketamina: la droga “nueva” que crece en silencio

El mismo informe europeo lanza una señal de alerta adicional: mientras la cocaína se consolida, la ketamina despega. Este anestésico, usado en medicina y veterinaria, se ha popularizado como droga de fiesta, con efectos disociativos y alucinógenos, especialmente entre población joven.

Entre 2024 y 2025, las cargas de ketamina detectadas en las aguas residuales de 66 ciudades con datos comparables aumentaron de media un 41%. En 40 de estas ciudades (un 61%) la tendencia fue claramente al alza, frente a 14 que se mantuvieron estables y 12 que registraron descensos.

Las concentraciones más altas se han observado en ciudades de Bélgica, Alemania y Países Bajos, aunque algunos puntos del Reino Unido lideran el ranking.

El relato oficial apunta a dos factores: mayor disponibilidad de ketamina en el mercado ilícito y creciente popularidad entre jóvenes que la perciben como una opción “interesante” por sus efectos, en un contexto en el que el MDMA (éxtasis) parece estar de retirada.

De hecho, el mismo informe señala un descenso del 16% en los residuos de MDMA en el último año, mientras suben cocaína y ketamina. El menú químico cambia, pero la lógica de fondo sigue siendo la misma: una oferta abundante, barata y cada vez más diversificada de sustancias psicoactivas en un mercado desregulado.

Lo más inquietante de este “nuevo mapa” no es solo su contenido, sino la herramienta que lo dibuja. No estamos hablando de cuestionarios telefónicos, ni de gente admitiendo -o no- lo que consume el fin de semana: hablamos de excrementos.

La técnica se basa en medir no la droga en sí, sino sus metabolitos: compuestos que el cuerpo genera al procesarla y que se excretan por la orina y las heces. Esos metabolitos llegan, diluidos, a las depuradoras, donde se analizan con métodos químicos estandarizados.

Se trata de una herramienta pensada precisamente para sortear las trampas más obvias: si alguien tira por el váter un alijo de cocaína, eso se detecta como un pico puntual claramente anómalo en las series temporales; en cambio, el consumo cotidiano de miles de personas genera patrones consistentes que son mucho más difíciles de maquillar.

Lo que dicen las cloacas de nuestra sociedad

Si aceptamos que las aguas residuales cuentan una historia más honesta que las encuestas, la pregunta incómoda es: ¿qué nos está diciendo este mapa de metabolitos sobre la salud social de Europa y de España?

Por un lado, que el consumo de cocaína no es una anécdota de discoteca ni un vicio marginal, sino un fenómeno estructural, cotidiano y masivo en determinadas zonas. No hablamos de la caricatura clásica del “ejecutivo” aislado, sino de un patrón repartido en diferentes estratos sociales, con ciudades medianas como Lleida o Granada mostrando niveles que cuestionan el relato de que la problemática se limita a las grandes urbes portuarias.

Por otro lado, la expansión de la ketamina revela un mercado ilegal que se adapta, diversifica y ofrece nuevas experiencias químicas a un público joven crecientemente precarizado, sin horizonte vital claro y sometido a una presión constante para “desconectar” o “aguantar”.

Que el éxtasis baje mientras sube la ketamina puede interpretarse como una reconfiguración del ocio nocturno, pero también como una mutación cultural: otras formas de anestesiarse, de fragmentar la conciencia, de escapar de un entorno que se percibe hostil o vacío.

Mientras tanto, el discurso institucional sigue centrado en la “guerra contra las drogas” o en campañas paternalistas, sin entrar en las causas materiales que alimentan este consumo: desigualdad, soledad, violencia laboral, ciudades diseñadas para el consumo pero no para la convivencia, y un sistema económico que ofrece más estímulos químicos que perspectivas de vida digna.

El aumento del consumo de cocaína y ketamina en España y Europa responde en gran medida al enorme estrés generado por la situación económica precaria. Aunque el paro ha bajado al 9,93% en 2025, persiste una inseguridad financiera que afecta a casi la mitad de la población, con dificultades para llegar a fin de mes y decisiones de consumo restringidas.

Esta inestabilidad eleva el riesgo de depresión en un 61%, ansiedad en un 77% y trastornos mentales que buscan alivio en estimulantes. Jóvenes en precariedad laboral, con salarios bajos y pluriempleo, usan cocaína para «aguantar» jornadas extenuantes, normalizando su consumo en entornos de explotación.

Las bajas por salud mental alcanzaron 671.618 en 2024, reflejando un malestar que predice el uso de drogas ilegales.

Las guerras y genocidios, junto al mal mercado laboral y malas condiciones de vida, agravan la ansiedad global y el aislamiento social. Estos conflictos generan estrés postraumático intergeneracional, impulsando el consumo de sustancias entre jóvenes que combinan ketamina con alcohol.

La elección es clara: podemos seguir maquillando la realidad, retirándonos de estudios que nos dejan en mal lugar, o podemos aceptar lo que nos cuentan nuestras cloacas y aprovecharlo para abrir una conversación incómoda pero necesaria sobre salud mental, condiciones de vida, modelo de ocio y responsabilidades políticas.

Mientras no lo hagamos, el “nuevo mapa del consumo de drogas” seguirá dibujándose, gota a gota, en el interior de unas depuradoras a las que casi nunca miramos, pero que saben más de nosotros de lo que nos gustaría admitir.

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2 comentarios

  1. Hay un experimento famoso que se hizo con ratas «El experimento Rat Park» que demuestra la importancia del entorno y la influencia que éste puede tener en las adicciones. De hecho, se concluyó que el entorno podía llegar a ser mucho más relevante para la adicción que la sustancia adictiva por sí misma. Extrapolando las conclusiones a la especie humana se dedujo que el entorno en el que vive una persona puede influir en su propensión a consumir drogas. No es ningún secreto que cuánto peores son las condiciones en las que vivimos, más necesidad de evadirse (aunque sea momentáneamente) tenemos.

    Por eso, para tratar la adicción sería importante abordar no solo el consumo de drogas, sino esos factores subyacentes (la precariedad laboral, la soledad, la falta de propósito en la vida, la desigualdad, la desesperanza) que podrían estar contribuyendo a la adicción. Como bien dices, esas campañas paternalistas no funcionarán mientras persistan los problemas que inducen a los jóvenes (y no tan jóvenes) a buscar formas de desconectarse de una realidad que no les gusta.

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