Hantavirus, OMS y memoria selectiva: por qué este brote ha recordado tanto a la covid-19
El brote de hantavirus volvió a poner a la Organización Mundial de la Salud (OMS) en el centro del debate público. Y no tanto por lo que ocurrió con el virus en sí, que tuvo dinámicas muy distintas a las del coronavirus, sino por la sensación de déjà vu que dejó cada nueva alerta sanitaria: mensajes imprudentes, comunicación fragmentaria, dudas sobre la magnitud del riesgo y una OMS que, una vez más, trató de reivindicarse en medio de una crisis que le recordó al mundo sus viejos errores.
Conviene empezar por lo esencial toda vez pasada la crisis: hantavirus y covid-19 no fueron lo mismo. No compartieron el mismo modo de transmisión, no tuvieron la misma capacidad de expansión y no plantearon el mismo escenario epidemiológico.
Pero sí compartieron algo que entonces resultó casi más importante que la biología: la capacidad de activar el miedo, de desnudar las costuras de los sistemas de vigilancia y de devolvernos a una pregunta incómoda. ¿Habíamos estado realmente mejor preparados para la próxima crisis sanitaria o solo aprendimos a repetir los mismos discursos?
La comparación entre hantavirus y covid-19 no debió hacerse desde el alarmismo, sino desde la memoria. En ambos casos, el origen del problema fue zoonótico, es decir, procedente del mundo animal.
En ambos, los primeros síntomas pudieron confundirse con un cuadro gripal común: fiebre, cansancio, dolores musculares, malestar general. Y en ambos, la incertidumbre inicial alimentó una narrativa de urgencia que se mezcló con la desinformación, la sobreexposición mediática y la necesidad institucional de mostrar control.
Esa fue una de las grandes semejanzas entre las dos crisis: la dificultad para gestionar el inicio. Cuando una enfermedad nueva —o reemergente— apareció en el horizonte, el margen de duda fue enorme.
No se supo con precisión cuánto se transmitiría, a quién afectaría más, ni cuáles serían sus consecuencias reales. En ese terreno movedizo, cada decisión pesó. Cada silencio también.
La OMS frente al espejo
En la pandemia de covid-19, la OMS quedó señalada por varios frentes. Se la acusó de excesiva prudencia, de depender demasiado de los datos oficiales de China, de no reaccionar con la suficiente rapidez y de vacilar en aspectos clave como la transmisión aérea, el uso universal de mascarillas o la conveniencia de las restricciones de movilidad.
Incluso cuando su papel era coordinador y no ejecutivo, la percepción general fue que el organismo no estuvo a la altura de una emergencia global de esa magnitud y que actuó en cierta medida al servicio de intereses oscuros… tan oscuros como su financiación.
Eso dejó una cicatriz institucional que todavía no cerró. Cada nuevo brote sirvió para medir la distancia entre el relato oficial y la confianza pública. Y por eso, cuando apareció el hantavirus, la OMS intentó mostrar firmeza, capacidad de respuesta y prudencia técnica.
Pero esa reivindicación llegó con un problema de fondo: el organismo no pudo simplemente decir “esta vez sí” sin que muchos recordaran el enorme coste de sus vacilaciones anteriores.
La cuestión no fue si la OMS acertó o no en un comunicado concreto. La cuestión fue si había aprendido de verdad de la covid-19 o si solo refinó su estrategia de comunicación para parecer más resolutiva sin cambiar sus patrones de fondo.
Similitudes inquietantes
Hubo varias similitudes entre el hantavirus y la covid-19 que explicaron por qué esta crisis despertó ecos tan inmediatos.
La primera fue el origen animal. En ambos casos, el salto desde reservorios animales a la población humana recordó que la frontera entre salud humana, animal y ambiental era mucho más frágil de lo que solemos admitir.
La idea de “Una sola salud” se volvió central aquí: no eran problemas aislados, sino expresiones distintas de un mismo modelo de relación con el entorno.
La segunda similitud fue la confusión sintomática inicial. Cuando una enfermedad empezó pareciendo una gripe, muchas personas la subestimaron. Otras la exageraron. En cualquier caso, el resultado fue el mismo: se dificultó la detección temprana y se complicó la comunicación de riesgo.
La tercera fue la dependencia del relato institucional. En un brote así, la población no solo necesitó datos; necesitó interpretaciones fiables. Y aquí la OMS volvió a tener un papel decisivo. Si la organización habló con ambigüedad, el vacío lo ocuparon el miedo, los bulos y la desinformación. La covid-19 mostró hasta qué punto una narrativa confusa pudo acelerar la percepción de caos.
La cuarta similitud fue política. Tanto la covid como cualquier alerta de hantavirus pusieron a prueba la coordinación entre organismos internacionales, gobiernos nacionales, autoridades sanitarias y medios de comunicación. En esas horas decisivas, la pregunta no fue solo médica, sino institucional: ¿quién mandó, quién informó y quién asumió responsabilidades?
Las diferencias importaron
Ahora bien, habría sido un error grave presentar el hantavirus como una nueva covid. No lo fue. Y precisamente por eso la comparación debió hacerse con rigor. El hantavirus tuvo una transmisibilidad mucho menor que el SARS-CoV-2.
Su contagio estuvo vinculado al contacto con fluidos o excreciones de roedores infectados, y la transmisión entre personas solo apareció en determinadas variantes y circunstancias muy concretas. No se propagó de forma pasiva y eficiente por el aire como ocurrió con el coronavirus.
Esa diferencia cambió por completo el escenario. La covid-19 pudo convertirse en pandemia porque reunió tres características explosivas: facilidad de transmisión, circulación asintomática relevante y capacidad de expandirse rápidamente antes de ser detectada. El hantavirus no funcionó igual. Su riesgo existió, pero no se comportó como un virus de difusión masiva.
Por eso mismo resultó importante no caer en la simplificación. El problema no fue afirmar que ambos brotes fueran idénticos, sino entender por qué la comparación apareció una y otra vez en el espacio público. La respuesta fue incómoda: porque la pandemia dejó una herida abierta. Y porque muchas de las preguntas que se hicieron entonces siguieron sin estar bien resueltas.
El problema de la credibilidad
La gran crisis que dejó la covid-19 no fue solo sanitaria. Fue también una crisis de confianza. Confianza en las instituciones, en los expertos, en las recomendaciones cambiantes, en la coherencia de los mensajes y en la capacidad real de la OMS para liderar una emergencia planetaria. Cuando una entidad perdió autoridad moral, cada nuevo episodio se leyó bajo sospecha.
Eso explicó por qué, ante el hantavirus, cualquier gesto de autocomplacencia resultó peligroso. Si la OMS quiso reivindicarse, debió empezar por reconocer con claridad dónde falló, por qué falló y qué había cambiado desde entonces.
No bastó con presentarse como una voz serena frente al ruido. Hizo falta demostrar que la prudencia no era sinónimo de lentitud, ni la cautela de pasividad.
La historia de la pandemia mostró que muchas veces la OMS habló demasiado tarde. En una crisis de salud pública, la demora también fue una forma de intervención. Y pudo ser perjudicial. Si entonces el organismo insistió en que gestionó bien el brote de hantavirus, la pregunta fue inevitable: ¿bien para quién, según qué criterios y con qué transparencia?
La lección más importante no fue que el hantavirus fuera una nueva pandemia en potencia. No lo fue. La lección fue otra: seguimos dependiendo de sistemas internacionales que reaccionaron con dificultad cuando la incertidumbre dominó el escenario.
Seguimos viendo cómo la prudencia institucional pudo convertirse en una excusa para el retraso. Y seguimos sin un debate serio sobre cómo comunicar riesgos sin alimentar ni el pánico ni la complacencia.
La covid-19 debió servir para mejorar la vigilancia epidemiológica, la independencia técnica, la coordinación internacional y la honestidad informativa. Si ante el hantavirus solo repetimos los viejos rituales de comunicación, hemos aprendido muy poco.
La verdadera comparación entre ambas crisis no estuvo en sus síntomas ni en su velocidad de transmisión. Estuvo en la reacción del sistema. Y ahí la OMS volvió a estar en el foco, no porque resolviera el problema, sino porque su historial obligó a mirar con cautela cada gesto de autoelogio.