Mascarillas en los centros de salud: ¿vuelta a la normalidad o resabios del miedo pandémico?
Esta mañana, al acudir a mi centro de salud habitual, me sorprendió ver que la gran mayoría de las personas llevaban mascarilla puesta, en un contexto de pico estacional de gripe sin que exista epidemia ni pandemia declarada. Este fenómeno, repetido en muchos puntos de España, invita a reflexionar sobre las medidas sanitarias actuales, su obligatoriedad y la evidencia científica que las respalda, así como sobre el impacto psicológico persistente de la COVID-19.
La temporada de gripe 2025-2026 ha arrancado con fuerza en la Comunidad de Madrid, donde la incidencia ha superado los 308 casos por 100.000 habitantes en la semana del 8 al 14 de diciembre, un 11,5% más que la anterior y muy por encima del umbral epidémico de 22,38 casos.
El acumulado asciende a 57.670 casos, con un pico en Atención Primaria de 307,51 por 100.000, lo que representa un 149,5% más que en el mismo periodo de 2024. El repunte se atribuye a un virus mutado que circula antes de lo habitual, coincidiendo con las fiestas navideñas, lo que acelera la transmisión.
En este escenario, las autoridades han activado protocolos invernales. La Consejería de Sanidad de Madrid recomendó desde el 15 de diciembre el uso de mascarilla en hospitales y centros de salud, extendiéndolo previamente a residencias de mayores.
Otras comunidades siguen patrones similares: Cataluña y Murcia han impuesto la obligatoriedad en centros sanitarios, mientras que Andalucía (Málaga) la hace obligatoria en hospitales hasta el 8 de enero de 2026.
El Ministerio de Sanidad pactó con las autonomías un plan que recomienda mascarillas a personas con síntomas en interacciones sociales, especialmente cerca de vulnerables, sin llegar a obligatoriedad generalizada.
¿Obligatoria o recomendada? El mapa por comunidades
En Madrid, no existe obligatoriedad legal general para el público en centros de salud, sino una recomendación explícita desde el lunes 15 de diciembre para todos los asistentes, impulsada por la Consejería ante la incidencia epidémica.
Se aconseja especialmente a quienes presentan síntomas respiratorios, en transporte público o cerca de vulnerables, alineándose con el plan nacional de vigilancia de virus respiratorios. En residencias, el uso es rutinario para sintomáticos en zonas comunes.
Cataluña se ha sumado a Murcia exigiendo la mascarilla en hospitales y centros de salud, considerándola «el mecanismo más eficaz y sencillo». En Málaga, el Hospital Regional la hace obligatoria desde el 15 de diciembre hasta revisión epidemiológica.
Otras regiones como Andalucía siguen directrices similares de sus consejos de salud. El documento ministerial prevé mascarillas generalizadas solo en fases epidémicas altas, priorizando teletrabajo para leves.
Así, mientras Madrid opta por la recomendación, varias comunidades endurecen hacia la obligatoriedad localizada, generando confusión y un efecto dominó visual en consultas.
Evidencia científica: ¿protegen realmente las mascarillas?
El médico general Juan Gérvas, referente de la medicina crítica en España, lleva años denunciando lo que denomina “teatro de la seguridad” en salud pública: medidas espectaculares, poco avaladas por la ciencia, que tranquilizan conciencias pero apenas modifican el curso real de las epidemias.
En esa categoría sitúa el uso masivo de mascarillas, junto con controles de temperatura o ciertas cuarentenas generalizadas, cuya implantación durante la COVID-19 no se asoció de forma clara y consistente con mejores resultados globales en mortalidad o extensión de la pandemia.
En una síntesis reciente sobre virus respiratorios, Gérvas es tajante: “no utilice mascarillas, que en el mejor de los casos son inútiles”, remitiendo a la evidencia disponible que muestra efectos modestos o dudosos en la prevención de contagios a nivel poblacional.
Su crítica no niega que en situaciones muy concretas (procedimientos de alto riesgo, contacto estrecho con pacientes muy frágiles) puedan tener algún papel, sino que cuestiona la lógica de convertirlas en herramienta central y universal, especialmente en espacios comunitarios y en personas sanas.
Para Gérvas, la obsesión con la mascarilla ha servido para ocultar el fracaso en lo esencial: mejorar condiciones de vida, reforzar la atención primaria, garantizar ventilación adecuada y evitar hacinamientos en hospitales y residencias, que sí están sólidamente vinculados a menos contagios y muertes, como enseña la historia de la tuberculosis.
Insiste en que la COVID-19 y otras infecciones respiratorias son enfermedades “sociales”, donde pesan más la organización sanitaria, la pobreza y el tipo de respuesta institucional que el uso acrítico de artefactos de protección individual.
El médico general subraya también los daños colaterales de las mascarillas, en especial cuando se imponen de forma obligatoria y prolongada: dificultades en la comunicación, sobre todo en mayores y personas con problemas auditivos; impacto en el desarrollo lingüístico y emocional de los niños; y refuerzo del miedo y la culpabilización social del enfermo.
En sus palabras, “las mascarillas no han salvado vidas sino dañado, por ejemplo en el uso obligatorio en las escuelas”, recordando que España figura entre los países que más tiempo obligaron a los menores a llevarlas en el aula sin aportar pruebas robustas de un beneficio proporcional.
El miedo post-COVID: un legado psicológico duradero
El uso masivo de mascarillas este diciembre evoca más el trauma de la COVID-19 que la gripe común. Estudios post-pandemia identifican el «síndrome de la cabaña», con ansiedad al salir y miedo irracional a contagios, afectando hasta el 25% de españoles.
La OMS equipara el daño psicológico al de guerras o catástrofes, con millones en riesgo de trastornos.
En claustrofóbicos, las mascarillas activan temor a asfixia al privar sensación de aire facial. Tras confinamientos, persiste aversión social y hipervigilancia, amplificada por campañas como las de la ministra de Sanidad, Mónica García: «llegas al centro, te pones la mascarilla, sales, te la quitas».
Esta repetición de gestos pandémicos genera condicionamiento: ver mascarillas activa miedo colectivo, incluso sin obligatoriedad. En Madrid, el pico gripal (alto pero estacional) se percibe como amenaza existencial, alimentado por mutaciones virales y navidades.
Hay expertos que alertan del «miedo a la asfixia interna/externa», donde la mascarilla simboliza control perdido. Campañas ministeriales, irónicas en su simplicidad, refuerzan la «conversión» de recomendación en «obligación», perpetuando el pánico más que protegiendo.
Reflexiones críticas en tiempos de «normalidad»
Este retorno a las mascarillas revela tensiones: ¿medicina basada en evidencia o gestión de miedos residuales? Políticamente, pactos Sanidad-autonomías responden a la presión mediática por esta gripe precoz, pero arriesgan desensibilizar ante amenazas reales.
El miedo post-COVID, con sus secuelas en un cuarto de la población, demanda abordaje psicológico, no más simbología restrictiva. Usuarios como yo lo observamos: centros llenos de mascarillas que evocan lo que sucedió en 2020, no una gripe rutinaria. ¿Protección o placebo colectivo?
El periodismo debe cuestionar si estas medidas salvan vidas o prolongan traumas, favoreciendo a farmacéuticas y empresas del ámbito sanitario (con sus pelotazo «enmascarados» correspondientes) y el control social sobre la soberanía individual.