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Estados Unidos investiga muertes tras la vacuna Covid-19: ¿por qué llega tan tarde la revisión de seguridad?


Estados Unidos ha abierto una investigación oficial sobre muertes “potencialmente relacionadas” con las vacunas Covid-19 en varios grupos de edad, un giro de enorme calado político, sanitario y comunicativo. El caso llega tras un polémico memorando interno en el que el máximo responsable de vacunas de la agencia que controla los fármacos, la FDA, afirmó haber vinculado alrededor de diez muertes infantiles a estos inóculos, sin presentar aún los datos en detalle.

El Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos ha confirmado que la FDA “está llevando a cabo una investigación exhaustiva, a través de múltiples grupos de edad, de las muertes potencialmente relacionadas con las vacunas covid”. Se trata de una revisión de seguridad más amplia de lo que hasta ahora se había reconocido públicamente, y que incluye tanto casos pediátricos como muertes en adultos.

Lo primero que conviene aclarar es que esta investigación no equivale, todavía, a admitir oficialmente una crisis generalizada de seguridad, pero sí reconoce que hay señales suficientemente inquietantes como para reabrir el debate.

En otras palabras: después de años de campaña con el mantra de que las vacunas eran “seguras y eficaces” casi sin matices, ahora el propio regulador admite que necesita mirar con lupa casos de fallecidos que, quizá, no eran meras “coincidencias”.

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El controvertido informe de las diez muertes infantiles

El detonante de esta tormenta, como os contamos, ha sido un memorando interno, filtrado a la prensa, en el que el máximo responsable de vacunas de la FDA comunicaba a su equipo que la agencia había “asociado” alrededor de diez muertes infantiles a las vacunas Covid-19.

El documento hablaba de un “análisis inicial” de 96 muertes, de las cuales diez habrían sido atribuidas a la vacuna, probablemente en relación con cuadros de miocarditis, una inflamación del músculo cardiaco reconocida desde hace tiempo como posible efecto adverso de estas inyecciones.

La filtración generó una inmediata conmoción porque no venía acompañada de los informes forenses completos, ni de la descripción clínica de los casos, ni de la metodología usada para establecer esa atribución causal.

En otras palabras, la FDA hacía por fin explícito algo que muchos venían denunciando, pero lo hacía a medio gas, sin la transparencia mínima que permitiría a investigadores independientes revisar y contrastar las conclusiones.

Tal vez lo más significativo de esta nueva fase no es solo el reconocimiento de muertes infantiles, sino la ampliación del foco: la FDA ha admitido que la investigación se extiende ahora a posibles muertes en adultos.

La agencia habla de una revisión que involucra a distintas divisiones internas y que va más allá de lo que hasta ahora se había comunicado al público.

Durante años, la narrativa oficial ha presentado los casos graves de miocarditis y otros eventos serios como “extremadamente raros”, especialmente en niños y jóvenes, mientras se insistía en que los beneficios superaban con creces los riesgos.

Sin embargo, al reconocer que está revisando muertes en adultos y en otros grupos de edad, la FDA deja entrever que las señales de seguridad no se limitan a una pequeña franja de varones jóvenes, sino que podrían afectar a un espectro más amplio de la población.

Una vigilancia que nunca debió ser opcional

Lo sucedido es también una lección sobre cómo NO debe gestionarse la farmacovigilancia. Las vacunas Covid-19 se desplegaron bajo una presión sin precedentes, con autorizaciones de emergencia y una comunicación centrada en la urgencia de frenar la pandemia, especialmente en ancianos y personas con patologías previas.

Sin embargo, esa urgencia no justificaba relegar a un segundo plano sistemas de vigilancia que existen precisamente para detectar señales de daño grave, aunque sean poco frecuentes.

Ahora, cuando la pandemia ha remitido, el regulador reconoce que debe volver a mirar los datos con calma, incluyendo muertes que durante años se archivaron bajo la etiqueta de “coincidencia temporal”.

Si se confirma que hubo fallecimientos evitables, la pregunta es inevitable: ¿cuántos podrían haberse prevenido con una vigilancia más transparente y una reacción más rápida ante las señales?

Todo esto ocurre en un contexto político explosivo. El actual secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., es conocido por sus posiciones abiertamente críticas con muchas vacunas y por haber difundido, en el pasado, mensajes que una parte de la comunidad científica considera desinformación.

Su llegada al cargo ha supuesto un giro radical en la política vacunal, con cambios de directrices que afectan a varias inmunizaciones, no solo a las de Covid-19.

Una docena de ex responsables de la FDA han firmado un artículo en una destacada revista médica alertando de que este nuevo enfoque podría dañar el interés público y minar la confianza en las vacunas en general.

Temen que una discusión legítima sobre seguridad –necesaria y saludable– se instrumentalice para justificar agendas políticas extremas, en lugar de servir para reforzar una farmacovigilancia más estricta e independiente.

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Ciencia, política y datos que no aparecen

Medios como The New York Times y CNN han subrayado que, a día de hoy, la FDA no ha publicado la evidencia detallada que sustenta las afirmaciones sobre las diez muertes infantiles ni sobre los casos en adultos.

Se desconoce qué fuentes de datos se están utilizando (el registro de daños por vacunas VAERS, registros hospitalarios, certificados de defunción, autopsias…), cómo se ha establecido la relación causal y cuál es exactamente la cronología de cada caso.

Este vacío de información alimenta la sospecha de que los datos se manejan en despachos y memorandos internos, mientras el público solo recibe fragmentos filtrados y interpretados según la conveniencia del momento político.

Es el peor escenario posible para la confianza ciudadana: ni una defensa clara y transparente de la seguridad, ni una asunción sincera de daños y responsabilidades, sino una mezcla de silencios, filtraciones y giros de guión.

La propia investigación de la FDA parte de una realidad incómoda: para niños y jóvenes sanos, el riesgo de muerte por Covid-19 era mucho menor, mientras que la exposición a un producto biológico nuevo, repetido en varias dosis y con refuerzos, podía introducir un riesgo adicional, en teoría pequeño pero no nulo, de efectos adversos graves como la miocarditis.

Obligar o presionar a estos grupos mediante mandatos escolares y laborales, sin una evaluación honesta y pública de ese balance, es una decisión que ahora se revela especialmente cuestionable a la luz de las muertes que la propia agencia está investigando.

Transparencia, reparación y futuro de las campañas

La gran pregunta que se abre con esta investigación es cómo se va a gestionar la reparación si se confirma que hubo fallecimientos causados por las vacunas, sobre todo en niños y adultos jóvenes sin patologías previas.

El reconocimiento oficial no puede quedarse en un comunicado técnico: implica revisar indemnizaciones, fondos de compensación, atención sanitaria a largo plazo para los afectados y un relato público que no revictimice a quienes han perdido a un ser querido.

Además, cualquier campaña de vacunación futura –ya sea frente a nuevas variantes de coronavirus, frente a la gripe o frente a otros patógenos emergentes– quedará marcada por lo que ocurra ahora.

Si la lección que se extrae es que la transparencia es negociable y que las señales preocupantes se silencian hasta que estallan políticamente, la desconfianza se extenderá no solo a estas vacunas, sino al conjunto del calendario vacunal.

Ante este panorama, la ciudadanía y los profesionales críticos tienen una tarea clara: exigir datos completos, revisables y en bruto, no consignas tranquilizadoras ni alarmismos sin sustento.

La investigación de la FDA debe traducirse en la publicación de las series de casos, criterios diagnósticos, informes de autopsia y metodologías de análisis que permitan a otros equipos independientes reproducir o refutar las conclusiones oficiales.

La realidad es compleja: estas vacunas son productos que han causado daños graves y muertes, especialmente en personas que nunca tuvieron un beneficio proporcional al daño expuestos y a las que se empujó a vacunarse por presión social, institucional o laboral.

La apertura de esta investigación en Estados Unidos confirma, tarde y de forma incompleta, lo que muchas voces críticas advertían desde el inicio: que la vigilancia de la seguridad no puede subordinarse a la urgencia política ni al marketing sanitario.

Que haya sido necesaria una filtración interna y un cambio radical en la cúpula política para que el regulador admita públicamente que está examinando muertes asociadas a la vacunación dice mucho del modelo de control que ha prevalecido.

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