Cancer prostata
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Cómo se trata el cáncer y cómo deberíamos tratarlo: una visión crítica desde la oncología metabólica

He leído un documentado artículo del investigador del cáncer Alfonso Fernández que os resumo por su interés. Si queréis como presentación podéis ver la entrevista que le hice:

Imagina que pierdes las llaves de casa una noche oscura. Solo hay una farola encendida, a treinta metros de donde realmente se te cayeron. ¿Dónde buscas? Inicialmente ahí, bajo la luz. No porque sea el lugar más probable, sino porque es el único lugar donde puedes ver algo. Pero luego no persistirías solo porque ahí hay luz. Entenderías que debes apuntar la luz a otro sitio.

Esa es, con una crudeza que a la ciencia le cuesta admitir, la metáfora que mejor describe cómo la oncología moderna decide qué tratamiento darte si te diagnostican cáncer. Durante décadas, la «ciencia» ha estado «buscando donde hay luz» pese a que ya sabemos que ahí «no están las llaves».

Cuando te diagnostican un tumor, el sistema médico oficial (guías como NCCN o ESMO, que rigen en la mayoría de hospitales del mundo) usa tres variables para decidir tu tratamiento:

El estadio anatómico: qué tamaño tiene el tumor, si ha llegado a los ganglios linfáticos, si se ha extendido a otros órganos. Es geografía pura, y aquí hay poco margen de duda: un escáner mide lo que mide.

El subtipo molecular: qué «etiquetas» biológicas lleva el tumor. En mama, por ejemplo, si tiene receptores hormonales, si sobreexpresa la proteína HER2; y también cómo de rápido se multiplican sus células. Estas etiquetas se sacan de una biopsia (un trocito diminuto extraído del tumor y analizado en laboratorio).

Factores que dependen del paciente: edad, estado físico general, enfermedades previas, si aguantará bien la quimioterapia. Esto también es bastante objetivo, aunque implique cierto juicio clínico.

Con esas tres piezas, el oncólogo tiene un pronóstico de una de las «200 enfermedades distintas» que es, según ellos, el cáncer. Por ejemplo: cáncer de mama triple negativo, estadio IV. Y con ese diagnóstico va asociado un menú estandarizado de tratamientos basados en cirugía, radioterapia, quimioterapia, hormonoterapia, inmunoterapia… Terapias dirigidas a esa «etiqueta molecular» concreta.

Pero este proceso tiene una profunda grieta, y esa grieta está justo en la segunda pieza del tríptico.

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La grieta: un trozo no es el todo

Un tumor no es una masa homogénea. Es más parecido a una ciudad con barrios distintos: unas zonas crecen más rápido, otras evolucionan de forma diferente, algunas ya han empezado a «aprender» a esconderse del tratamiento antes incluso de que empiece.

Cuando se toma una biopsia, se pincha en una zona minúscula de un solo «barrio» de esa ciudad y se asume que representa a la ciudad entera. Pero los estudios que comparan varias biopsias del mismo tumor encuentran que esa asunción falla en un porcentaje nada trivial de casos: la «etiqueta» molecular puede cambiar de un extremo a otro del mismo tumor.

Y hay algo todavía más inquietante. Cuando el tratamiento ataca precisamente al barrio que fue biopsiado, ese barrio puede verse afectado. Pero los barrios vecinos (los que no tenían esas características, los que por pura casualidad ya eran algo distintos) sobreviven y, al no tener competencia, se convierten en la nueva ciudad.

Literalmente: hasta un 80% de las recaídas después de un tratamiento dirigido nacen de células que ya existían antes del tratamiento, resistentes de fábrica, que simplemente esperaron su turno para expandirse sin oposición. El tumor que reaparece meses o años después puede llevar, en muchos casos, una etiqueta molecular completamente distinta a la que se trató al principio.

Es decir: perseguimos una fotografía fija de un organismo que se mueve. Atacamos diferencias que NO representan a la totalidad del tumor y por eso, de base, el tratamiento NO puede ser totalmente efectivo. El concepto en que se basa este tratamiento de la oncología oficial NUNCA podrá curar.

Por qué esto no es un fallo técnico, sino un incentivo

Lo que pocos entienden es que esta forma de mirar el cáncer (fragmentarlo en subtipos cada vez más pequeños y específicos) no es una limitación biológica. Es, sobre todo, un modelo de negocio perfecto.

Cada nueva «etiqueta» molecular que se descubre es, potencialmente, una nueva diana para un fármaco nuevo, patentable, exclusivo durante veinte años, con un precio que puede fijar casi libremente la empresa que lo desarrolla. Cuantos más subtipos existan, más fármacos distintos se necesitan, más patentes se generan, más beneficio se produce.

No es una conspiración: es simplemente cómo funciona el incentivo económico de la industria farmacéutica, documentado en la propia literatura científica, que reconoce abiertamente que el sistema de patentes «favorece inherentemente la exploración de compuestos derivados patentables, en vez de alternativas no patentables potencialmente igual de eficaces».

Buscamos bajo la farola porque ahí es donde hay luz para encender un negocio. No porque ahí estén, necesariamente, las llaves.

Lo que sí es igual en todos los cánceres

Y aquí llega el punto clave: si en vez de mirar las mil diferencias genéticas de cada tumor (tan únicas como las huellas dactilares de cada persona) miráramos lo que todos los cánceres tienen en común, ¿encontraríamos algo más útil?

La respuesta es sí. Todos los tumores sólidos, sin importar si nacieron en la mama, el pulmón o el colon, comparten un comportamiento metabólico casi idéntico:

  • Consumen glucosa de forma voraz y anómala (el llamado efecto Warburg, descrito ya en los años 20)
  • Generan un entorno ácido en su microambiente, cargado de lactato, que literalmente asfixia y desactiva a las células inmunitarias que deberían atacarlos
  • Se vuelven «adictos» a ciertos aminoácidos como la glutamina, la metionina, la serina o el triptófano, hasta el punto de que privarles de ellos frena su crecimiento
  • Sobreexplotan rutas bioquímicas como la vía de las pentosas para fabricar más y más piezas de repuesto para dividirse sin parar

No son detalles menores. Son patrones que se repiten con una consistencia que sorprende incluso a quienes los estudian, como si el cáncer, más allá de su origen genético particular, fuera siempre —con distinta intensidad— la misma estrategia de supervivencia descontrolada: un tejido nuevo, casi un órgano parásito, con su propio ecosistema bioquímico reconocible una y otra vez.

Si esos rasgos compartidos son el verdadero terreno común del cáncer, atacarlos podría ser más eficaz, más barato y más difícil de esquivar por el cáncer que perseguir cada etiqueta molecular individual, que cambia y muta con el tiempo, precisamente para escapar del ataque dirigido.

El problema de siempre: esto no se puede patentar bien

Y aquí volvemos a la luz de la farola. Las herramientas que mejor podrían explotar ese terreno común metabólico —ayuno, dietas específicas, ejercicio, fármacos ya genéricos y baratísimos como la metformina, suplementos concretos, otras terapias biofísicas o intravenosas— tienen un defecto fatal desde el punto de vista comercial: son viejos, son baratos, y casi nadie puede ganar una fortuna monopolizando su venta.

Llevar un tratamiento nuevo NO patentable hasta la fase final de ensayos clínicos (la fase III, la que de verdad puede cambiar las guías médicas oficiales) cuesta habitualmente cientos de millones de dólares. Ninguna empresa va a invertir esa cantidad en probar que el ayuno combinado con quimioterapia funciona porque, aunque funcionara, no podría venderte el ayuno.

La propia literatura académica lo reconoce sin rodeos: «las compañías farmacéuticas típicamente no están interesadas en financiar ensayos clínicos de reposicionamiento de fármacos ya patentados», y «se necesitan fondos filantrópicos para cerrar esta brecha» porque el mercado no lo hace por sí mismo.

El resultado es un círculo que se retroalimenta: como no hay dinero para probarlo a gran escala, no hay evidencia de máximo nivel. Como no hay evidencia de máximo nivel, las guías oficiales no lo recomiendan. Como las guías no lo recomiendan, los seguros no lo cubren y los oncólogos no lo prescriben. Y como nadie lo prescribe a gran escala, sigue sin generarse el volumen de datos necesario para romper el círculo.

Este sesgo no es solo económico, también es institucional: un análisis publicado sobre las guías NCCN encontró que el 86% de sus autores tenían al menos un conflicto de interés financiero reportado con la industria, y otro estudio documenta que la comunidad oncológica muestra un «sesgo de rechazo» hacia fármacos de bajo coste incluso cuando muestran resultados positivos.

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La buena noticia: no hace falta elegir un bando

Aquí es donde conviene frenar cualquier tentación de convertir esto en una guerra de «medicina oficial contra medicina alternativa». La evidencia más sólida y más prometedora hoy no dice «abandona la quimioterapia por el ayuno». Dice algo mucho más razonable: «súmalos».

Hay estudios ya publicados, con plausibilidad biológica cada vez más robusta, que muestran que combinar el tratamiento estándar con estas herramientas metabólicas puede potenciar el resultado en vez de sustituirlo y proteger extraordinariamente bien contra sus efectos tóxicos. Por ejemplo:

  • La quimioterapia administrada en dosis bajas y continuas (llamada metronómica), en vez del clásico «golpe fuerte y descanso», parece reducir precisamente esa presión selectiva que premia a las células resistentes, y funciona mejor cuando se combina con otros enfoques.
  • Añadir metformina a la quimioterapia con paclitaxel ha mostrado mejoras medibles en supervivencia y respuesta al tratamiento en varios estudios recientes.
  • El ayuno de 48 horas combinado con quimioterapia ha demostrado en estudios preclínicos un efecto comparable al de una ronda extra de tratamiento, con menos toxicidad, no más.

Y grandes hospitales de referencia mundial —Mayo Clinic, MD Anderson— ya tienen departamentos formales de oncología integrativa que combinan ejercicio, nutrición y manejo del estrés con el tratamiento convencional, con guías clínicas conjuntas publicadas por las sociedades oncológicas más importantes del mundo.

Todavía son, en su mayoría, estudios de fases I y II —de seguridad y de señal temprana, no los ensayos gigantes de fase III que cambian oficialmente el estándar mundial de tratamiento—. Pero la dirección de la evidencia es consistente, la plausibilidad biológica es cada vez más difícil de ignorar, y el argumento económico que explica por qué avanza tan despacio es, paradójicamente, la prueba más sólida de que el retraso no es científico: es financiero.

Lo que de verdad importa

Ni el cáncer es tan simple como «una sola causa metabólica que se arregla con una dieta», ni la medicina convencional es un monolito ciego a sus propias limitaciones —de hecho, es la propia comunidad científica quien publica los estudios que documentan la heterogeneidad tumoral, la evolución resistente y el sesgo de financiación hacia lo patentable.

La honestidad intelectual exige entender que el sistema actual tiene un punto ciego estructural que ralentiza la exploración de un terreno terapéutico que la propia biología del cáncer sugiere que merece mucha más atención de la que recibe.

Mientras ese terreno termina de explorarse con el rigor y la financiación que merece, la estrategia más razonable no es esperar cruzado de brazos a una «evidencia» que sólo se conseguirá cuando se congele el infierno. Lo razonable es sumar, con criterio y bajo supervisión médica, lo que la evidencia emergente ya empieza a señalar como sinérgico, en vez de exigir una prueba perfecta que (por diseño económico del sistema) puede tardar todavía muchos años en llegar.

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