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Confinamiento total de las aves por la gripe aviar: ¿protección sanitaria o castigo al modelo menos industrial?

El Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA) ha decretado el confinamiento de todas las aves de corral que se crían al aire libre en España. La medida, publicada en el Boletín Oficial del Estado (BOE), se enmarca dentro de las estrategias de prevención frente a la gripe aviar, una enfermedad viral altamente contagiosa que afecta a aves domésticas y silvestres.

A primera vista podría parecer una simple precaución sanitaria, un acto de responsabilidad institucional ante el aumento de casos en Europa. Pero detrás del lenguaje técnico de la resolución -“medidas de bioseguridad”, “zonas de especial riesgo”, “control de movimientos”- se perfila una realidad mucho más compleja.

El confinamiento se impone no solo a las macrogranjas industriales, sino también a las pequeñas explotaciones de autoconsumo y a las ganaderías ecológicas, aquellas precisamente que basan su valor en el bienestar animal, la alimentación natural y el acceso al aire libre.

El problema se convierte así en una nueva muestra de cómo las políticas sanitarias, diseñadas con la lógica de la producción intensiva, terminan asfixiando al pequeño productor y erosionando los principios mismos de la ganadería ecológica.

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La alerta aviar

Desde julio de 2025, Europa ha notificado 139 brotes de gripe aviar en granjas comerciales. En España, se han detectado 14 focos en explotaciones, la mitad en Castilla y León, junto con más de 50 casos en aves silvestres.

Aunque no hay ningún contagio humano documentado, el MAPA decidió elevar el nivel de riesgo y aplicar el confinamiento a todas las aves del país, una medida que afecta a más de 1.200 municipios catalogados como zonas de especial riesgo o vigilancia.

Según recordó el propio Ministerio, las causas son múltiples: el aumento de aves migratorias que cruzan la península cada otoño, el descenso de las temperaturas -que alarga la supervivencia del virus- y la concentración de brotes en países del norte de Europa.

La ecuación es clara: más aves silvestres infectadas, más posibilidades de transmisión a las explotaciones domésticas.

Sin embargo, expertos en sanidad animal consultados por medios especializados matizan ese diagnóstico. El virólogo José María Echevarría, del Instituto de Salud Carlos III, apuntaba recientemente que “el virus H5N1, aunque de alta patogenicidad, raramente se transmite a humanos y suele limitarse a poblaciones concretas de aves acuáticas”.

En otras palabras, el alarmismo podría estar sobredimensionando un riesgo que, si bien real, está lejos del escenario de pandemia que algunos titulares sugieren.

Las medidas del Ministerio

El BOE detalla que quedan prohibidos el pastoreo al aire libre, la cría conjunta de especies (como patos y gallinas), y el suministro de agua procedente de embalses o estanques accesibles a aves salvajes. Las ferias ganaderas, certámenes y exhibiciones con aves quedan suspendidas hasta nuevo aviso.

En los casos excepcionales donde no sea posible el encierro -por razones de infraestructura o bienestar animal- se permite colocar redes o telas pajareras que impidan la entrada de aves silvestres, siempre y cuando la alimentación y bebida se realicen bajo techo.

El objetivo oficial es sencillo: evitar cualquier contacto entre la avicultura doméstica y la fauna migratoria potencialmente infectada. Pero la aplicación práctica de esta norma causa un daño económico y estructural enorme a miles de pequeños productores, particularmente en el sector ecológico, donde el acceso al exterior es un requisito legal para obtener la certificación.

Las normas europeas de producción ecológica (Reglamento UE 848/2018) establecen que las aves deben disponer de espacios al aire libre y su alimentación debe proceder íntegramente de fuentes orgánicas.

De hecho, el bienestar animal es uno de los pilares que distinguen a la etiqueta ecológica frente a la producción intensiva.

Con el confinamiento, las explotaciones que siguen estos criterios se enfrentan a un dilema: o incumplen temporalmente las condiciones que les permiten mantener la certificación, o se exponen al riesgo de sanciones si no acatan las órdenes ministeriales.

Algunas comunidades autónomas, como Castilla y León y Andalucía, ya han sugerido que el confinamiento podrá justificarse como una “situación excepcional” que no afecte la certificación mientras duren las medidas.

Pero esta solución administrativa no resuelve el aspecto de fondo: el modelo ecológico, pensado para favorecer el contacto de las aves con la naturaleza, se encuentra suspendido de facto. Ahora los productores que mejor lo hacen están obligados a encerrar a las gallinas como si fueran máquinas de poner huevos.

Y, como explico, si las aves no salen al aire libre no se consigue la certificación de ecológico. Cada semana que pasa esos productores pierden clientes. Y, claro, el confinamiento se sabe cuándo empieza… pero no cuándo acaba.

En muchas zonas rurales de España, donde abundan las pequeñas explotaciones avícolas vinculadas al turismo rural o la venta directa, la medida amenaza con arruinar meses de trabajo y romper cadenas locales de consumo que venían creciendo desde la pandemia.

Bioseguridad o exceso de celo institucional

Las autoridades justifican el confinamiento en la necesidad de “garantizar la bioseguridad”, término que desde hace años se ha convertido en dogma dentro de las políticas agrícolas y veterinarias. Pero detrás de ese lenguaje técnico se esconde lo que cuenta Juan Carlos Abad, veterinario experto en aves:

“El mayor problema no es solo el sacrificio de los animales, sino las restricciones comerciales que conlleva (…) Si se detecta un solo caso positivo en una explotación, es obligatorio sacrificar a todas las demás aves como medida de prevención”.

Así está la situación y esas son las consecuencias económicas y estructurales sobre los productores avícolas, incluidas las granjas pequeñas y ecológicas. Y es que se parte de la idea de que el riesgo está en la naturaleza, cuando la experiencia demuestra que los brotes más graves suelen originarse en sistemas intensivos donde miles de aves conviven en espacios cerrados, con escasa ventilación y alto estrés inmunológico.

Paradójicamente, las explotaciones ecológicas y de autoconsumo, por mantener poblaciones pequeñas y con hábitos más naturales, presentan menor vulnerabilidad epidemiológica. No obstante, la administración aplica las mismas reglas para todos.

El resultado es una paradoja sanitaria: se penaliza a quien cría aves de forma más sostenible y saludable, mientras se protege implícitamente al sistema de producción industrial, cuya estructura facilita la rápida propagación de patógenos.

Aquí os dejo un reportaje que hice hace unos meses en la granja Pedaque, en Fuentemilanos (Segovia), que trabajan en ecológico:

Las consecuencias económicas: crisis del huevo y suministro tensionado

La medida llega además en un contexto de tensión en los precios de los huevos y la carne de ave. Solo en el último año, el coste de una docena de huevos frescos ha subido en España un euro de media, según datos de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU).

El confinamiento podría agravar la crisis: la reducción de la producción ecológica, unida al encarecimiento de los piensos y la energía, amenaza con repercutir en los precios finales y aumentar la dependencia de importaciones. Francia y Países Bajos ya han registrado caídas del 15% en la producción de huevos tras aplicar medidas similares en 2024.

Los sacrificios masivos en casos de brote -como ocurrió recientemente en Valdemoro, con medio millón de gallinas eliminadas- representan el otro riesgo económico silencioso. No existen compensaciones proporcionales para las microexplotaciones, y los seguros agropecuarios rara vez cubren el 100% de las pérdidas.

El riesgo de que la influenza aviar afecte a humanos ha sido, hasta ahora, marginal. Los casos documentados desde 2003 (menos de un millar a nivel mundial) se han registrado casi exclusivamente entre trabajadores en contacto directo con aves infectadas en Asia y África. La Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) reitera que “no hay evidencia de transmisión sostenida entre humanos”.

No obstante, los virus gripales tienen alta capacidad de mutación. Esa posibilidad, aunque estadísticamente baja, justifica la extrema precaución gubernamental. El problema es que el marco de actuación parece responder más a una lógica de “riesgo cero” que a un enfoque de salud pública equilibrado.

¿Puede ir a peor? Todo dependerá de cómo evolucione el virus en Europa durante los próximos meses. Con el incremento de aves migratorias y el frío, es previsible que sigan apareciendo focos aislados. Pero los indicadores actuales no justifican un confinamiento total indefinido.

La influenza aviar pasará; el problema es si el modelo que queda en pie será más seguro o simplemente más homogéneo y dependiente del control industrial.

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