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Bulos, cortinas de humo y medicamentos: El relato oficial que oculta los daños reales

En la era de la hiperconectividad, donde la información se desliza por nuestras pantallas a una velocidad vertiginosa, la industria sanitaria ha aprendido a jugar con las reglas del juego mediático. Nos advierten, paternalistas, sobre los peligros de los bulos y la desinformación, mientras ocultan bajo la alfombra los daños reales que provocan sus productos.

El caso de Ozempic es solo la punta del iceberg de una estrategia comunicativa que convierte a la ciencia en un escudo y a la transparencia en un eslogan vacío.

El relato oficial: la ciencia como dique ante la desinformación

Las grandes farmacéuticas, como Pfizer, celebran foros y congresos para alertarnos sobre la amenaza de las «fake news». Nos cuentan, con datos y expertos cuidadosamente seleccionados, que vivimos en una sociedad saturada de información engañosa y que solo ellos, junto a los medios tradicionales y los organismos oficiales, pueden guiarnos hacia la verdad: Su verdad.

“Creemos firmemente que la ciencia debe ser accesible, comprensible y fundamentada en datos y hechos contrastados”, proclaman sus portavoces en eventos como la III edición de ‘Esto es ciencia, no ficción’.

Esta narrativa se apoya en informes como el Edelman Trust Barometer, que sitúa a las empresas científicas y sanitarias como fuentes creíbles, y en estudios publicados en revistas de prestigio como Nature, donde se concluye que la confianza en las instituciones reduce la creencia en bulos. El mensaje es claro: Confíe en nosotros, porque fuera de nuestro paraguas solo hay confusión y peligro.

Se insiste en la importancia de la alfabetización mediática para protegernos de la desinformación, pero rara vez se menciona que esa misma alfabetización debería servir para cuestionar los mensajes de la propia industria.

Cuando se habla de “fuentes fiables”, se excluye de la ecuación a quienes denuncian los daños de los medicamentos o exigen más transparencia sobre los ensayos clínicos y los efectos adversos.

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La industria y sus aliados mediáticos promueven una visión binaria: o estás con la ciencia (la suya), o eres un propagador de bulos. Así, cualquier crítica o duda razonable sobre la seguridad de un medicamento se etiqueta rápidamente como desinformación, cerrando el debate antes de que pueda empezar.

El caso Ozempic

Ozempic, el medicamento de moda para la diabetes y la pérdida de peso, es un ejemplo paradigmático. Su éxito comercial ha venido acompañado de una campaña publicitaria masiva y de la promesa de una vida más sana y «ligera».

Sin embargo, los informes sobre efectos adversos graves -desde problemas gastrointestinales hasta pancreatitis, riesgos cardiovasculares o suicidio– apenas encuentran eco en los grandes medios o en los comunicados oficiales.

Cuando la información sobre estos daños comienza a circular en redes sociales o medios alternativos, la industria reacciona tachándola de alarmista o infundada. Se activa entonces la maquinaria de la desinformación, pero no para combatir los bulos, sino para proteger la imagen del producto y, sobre todo, las cuentas de resultados.

A pesar de los discursos sobre transparencia, la realidad es que el acceso a los datos completos de los ensayos clínicos sigue siendo limitado. Las farmacéuticas deciden qué resultados publican, cómo los presentan y qué información queda relegada a los anexos técnicos o directamente oculta.

Los sistemas de farmacovigilancia, en teoría diseñados para detectar y comunicar los efectos adversos, dependen en gran medida de la buena voluntad de las empresas y de la capacidad de los organismos reguladores para actuar con una independencia… que no tienen.

Las consecuencias de esta opacidad son graves: los médicos prescriben medicamentos sin conocer todos los riesgos, los pacientes toman decisiones mal informadas y los daños se multiplican en silencio.

Cuando finalmente salen a la luz, la industria responde con campañas de relaciones públicas y acusaciones de desinformación contra quienes se atreven a levantar la voz.

Los medios, entre la complicidad y la autocensura

Los grandes medios de comunicación, cada vez más dependientes de la publicidad y el patrocinio de las empresas sanitarias, rara vez investigan a fondo los daños provocados por los medicamentos.

Prefieren reproducir los comunicados de prensa de las empresas biosanitarias, entrevistar a los portavoces oficiales y sumarse a la cruzada contra los bulos… institucionales e institucionalizados. La crítica queda relegada a los márgenes, donde se la desacredita como conspiranoica o irresponsable.

Esta complicidad se traduce en una cobertura sesgada, donde los beneficios de los medicamentos se presentan como incuestionables y sus riesgos como anecdóticos o exagerados.

Cuando surgen escándalos, la respuesta es siempre la misma: “se trata de casos aislados”, “la relación riesgo-beneficio sigue siendo favorable”, “la desinformación pone en peligro la salud pública”.

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El discurso sobre los bulos y la desinformación cumple una función estratégica: distraer la atención de los problemas reales y deslegitimar a quienes los denuncian. Se crea así un clima de sospecha permanente, donde cualquier información que no pase por el filtro de la industria es sospechosa por definición.

Esta táctica no es nueva. A lo largo de la historia, las grandes empresas han utilizado el miedo a la desinformación para proteger sus intereses y silenciar las voces críticas. Lo novedoso es la escala y la sofisticación de la estrategia, que ahora se apoya en algoritmos, campañas en redes sociales y la complicidad de instituciones y medios.

La industria sanitaria utiliza temas sensibles para reforzar su relato. Se presentan como garantes del progreso científico y la salud pública, mientras acusan a los críticos de poner en peligro a la sociedad.

Cualquier matiz, duda o exigencia de transparencia se interpreta como un «ataque a la ciencia» (como si ellos fueran la ciencia, cuando es lo contrario: Usan la ciencia como marketing) y se responde con campañas de estigmatización.

Este clima de polarización beneficia a las industrias, que se presentan como la única fuente legítima de información y descalifican cualquier alternativa. El resultado es un empobrecimiento del debate público y una creciente desconfianza hacia las instituciones, que paradójicamente se atribuye a la acción de los “propagadores de bulos”.

Los daños colaterales de la desinformación industrial

La estrategia de la industria sanitaria no solo oculta los daños de sus productos, sino que también contribuye a la fatiga informativa y la desconfianza generalizada. Cuando la población percibe que la información está controlada por intereses económicos, aumenta la sospecha y disminuye la credibilidad de los mensajes oficiales.

El Eurobarómetro de 2018 ya advertía que el 35% de la población mundial sufre fatiga informativa por culpa de las fake news, y que casi uno de cada tres europeos atribuye la reticencia hacia las vacunas a la desinformación. Sin embargo, rara vez se analiza el papel de la industria en la generación de esa fatiga y esa desconfianza.

Las farmacéuticas insisten en su compromiso con la transparencia, pero los hechos desmienten sus palabras. Los conflictos de interés, la manipulación de datos, la ocultación de efectos adversos y la presión sobre los organismos reguladores son prácticas documentadas y persistentes.

La transparencia se convierte así en un mantra vacío, utilizado para mejorar la imagen corporativa y desactivar las críticas.

Los organismos reguladores, encargados de proteger la salud pública, suelen carecer de recursos y autonomía para enfrentarse a la industria. En muchos casos, sus responsables acaban en las propias empresas que deben supervisar, y su financiación depende en parte de las tasas que pagan las farmacéuticas por registrar sus productos.

Esta situación genera un conflicto de interés estructural que mina la confianza en el sistema y facilita la opacidad.

Los médicos y otros profesionales de la salud son víctimas y a la vez cómplices del sistema. Por un lado, dependen de la información proporcionada por la industria y los organismos oficiales para prescribir medicamentos.

Por otro, tienen la responsabilidad ética de informar a sus pacientes sobre los riesgos y beneficios de los tratamientos. La presión para seguir las directrices oficiales y el miedo a ser acusados de desinformar dificultan el ejercicio de una medicina verdaderamente crítica y autónoma.

En este contexto, la ciudadanía tiene el derecho y el deber de exigir transparencia, pluralidad informativa y rendición de cuentas.

La alfabetización mediática no puede limitarse a identificar bulos en redes sociales, sino que debe incluir la capacidad de cuestionar los mensajes de la industria y los medios tradicionales. Solo así será posible romper la cortina de humo y acceder a una información realmente libre y veraz.

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