Mallas de incontinencia urinaria: Secuelas incluso cuando se han retirado

Los partos, padecer obesidad, la cirugía para extraer el útero y la menopausia pueden aumentar el riesgo de prolapso (desplazamiento de órganos, como por ejemplo del útero de manera que descienda o se salga de su ubicación natural) en las mujeres.

Y para minimizarlo se emplean las denominadas transvaginales, así como mallas de incontinencia urinaria, según el caso.

Pues bien, han dado y siguen dando muchos y graves problemas.

El prolapso de los órganos pélvicos se suscita cuando los músculos y ligamentos que los sostienen se debilitan y permiten que esos órganos, como la vejiga, los intestinos o el útero, se deslicen fuera de su lugar. Eso puede conducir a sentir presión o llenura en la pelvis, o a la sensación de tener un bulto en la vagina.

El método quirúrgico tradicional para arreglarlo es reubicar los órganos en su lugar y luego reparar y asegurar con puntos los tejidos de sostén.

Debido a que no existen pruebas que sustenten que las mallas transvaginales sean más eficaces que la reparación quirúrgica tradicional, hay cirujanos que nunca las han usado.

No obstante, a partir del año 2005, algunos cirujanos empezaron a usar mallas transvaginales para tratar el prolapso de los órganos pélvicos.

Y en el año 2008, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés), que controla la seguridad de los productos sanitarios, ya advirtió sobre las posibles complicaciones graves que se vinculan con el empleo de la malla transvaginal.

Ya en 2016, la agencia estadounidense reclasificó las mallas transvaginales para el prolapso de los órganos pélvicos, definiéndolas como dispositivos médicos de alto riesgo.

Dicha reclasificación se basó en informes sobre complicaciones frecuentes, tales como sangrados vaginales, dolor, fibrosis, irritación, secreción y molestia con las relaciones sexuales.

Además, la malla puede atravesar los tejidos y terminar perforando la pared vaginal.

Pero la nueva clasificación de la FDA se aplicó solo a los dispositivos quirúrgicos de malla que se usan para reparar el prolapso de los órganos pélvicos a través de la vagina. La orden de la FDA no afecta a las mallas quirúrgicas utilizadas para el tratamiento de otros problemas, como la incontinencia urinaria.

Debido al gran aumento en el uso de mallas para el prolapso de órganos pélvicos y a que la malla normalmente se extiende hacia una amplia gama de áreas tisulares, en muchos casos no es posible extraerla quirúrgicamente sin peligro.

Intentarlo puede ocasionar extensos daños en la vejiga, vagina y recto, lo que deriva en muchas más complicaciones.

Las mallas también pueden provocar infecciones o contraerse, lo que hace tensar el tejido que la rodea y aumentar la estenosis o estrechamiento de ese tejido.

Así hasta que en 2017 se produjo el escándalo sanitario: Más de 800 mujeres demandaron al servicio británico de salud pública (NHS) y a los fabricantes de estos implantes transvaginales por los daños, graves y de por vida, que les causaron los dispositivos.

Y en Estados Unidos las condenas fueron millonarias, de hasta 57 millones de dólares. Y en Australia se produjo una sentencia judicial que benefició a más de 1.350 mujeres.

Desde entonces, poco se ha hablado sobre este tema. Pero el problema sigue existiendo. Hay mujeres que claman desde las redes sociales por su derecho a la salud.

Cuentan que incluso una vez retiradas las mallas les han quedado secuelas.

Si tiene o conoce a alguien que padece por esta causa consulte con nosotros.

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