La historia de la partera de las Alpujarras cuando aún no existía (o no llegaba) la medicina

Me escribe una lectora al hilo del post de ayer sobre partos naturales o partos «judiciales» que lo importante durante el embarazo y parto es tener opciones y que en cualquier escenario «sea respetuoso, íntimo y tenga una asistencia que apoye la fisiología, los deseos de cada mujer sin intervenciones no justificadas«. Hubo un tiempo en que el parto lo llevaba a cabo la población pues no había sistema sanitario. De ahí nació el concepto de matrona. Os cuento la historia de una de ellas.

Los profesionales críticos lo llaman medicalización de la vida y advierten del sobrediagnóstico y la sobremedicación a la que estamos sometidos. La sanidad institucionalizada aporta mucho a la sociedad pero el precio del acceso vemos en ocasiones que es nuestra libertad. A cambio de evitar riesgos, superar una enfermedad, recuperar la salud o dar a luz, que es lo que de nuevo nos trae aquí, nos convertimos en demasiadas ocasiones en rehenes de los protocolos médicos, por lo general, diseñados sin contar con la población, con quienes vamos a ser pacientes y estar sometidos a esos procedimientos institucionalizados.

El abuso con los protocolos conlleva una deshumanización de la asistencia sanitaria que algunos profesionales intentan cambiar y que tiene en el parto uno de sus mejores ejemplos. En efecto, la fisiología de la mujer es poco escuchada y se ido convirtiendo el parir en algo muy tecnificado, muy mecánico.

No estoy de acuerdo con quienes piensan por sistema que cualquier tiempo pasado fue mejor, no. Pero tampoco con quienes abrazan de manera acrítica todos los avances biomédicos y según se van abandonando usos y costumbres otrora plausibles los desprecian o ningunean. Creo que lo inteligente es buscar equilibrio entre lo que ha resultado efectivo en el pasado y lo que va demostrándose útil según los avances científicos.

Estos días he contactado con Bernardino Rodríguez, un abogado de Granada, en concreto nacido en la comarca de la Alpujarra, en Sierra Nevada, en el pueblo de Pitres.

Durante siglos ha sido (y es) una zona rural, montañosa, alejada de una ciudad grande pues Granada está a 85 km.

Económicamente pobre, el principal modo de vida alpujarreño ha sido la agricultura de subsistencia y la ganadería.

En la comarca se refugiaron los moriscos cuando los Reyes católicos reconquistaron Granada hasta su expulsión definitiva y fue repoblada por gallegos, asturianos y vascos. La abuela materna de Bernardino, Encarnación Mezcua Expósito, fue hasta su muerte la partera o comadrona de toda la Alpujarra alta granadina.

Encarnación Mezcua Expósito, la última partera de la Alpujarra granadina.

Desde antes de la guerra civil y durante la posguerra hasta los años 70 y pico del siglo pasado, Encarnación ayudó a traer al mundo a cientos de bebés. También a dos hermanos del abogado, a él ya no.

Era la única persona que asistía en los partos, lo había aprendido de su tía y de su madre. En esa época no había médico y cuando lo hubo cobraba de igualas que pagaba la gente y más tarde de la Seguridad Social.

El médico era el ayudante de la abuela de Bernardino en los partos pues dicho profesional no tenía ninguna experiencia en el tema. No había coches, hoy en día hay una ambulancia en el centro de salud.

Las carreteras asfaltadas no existían. Cuando una mujer se ponía de parto desde los distintos pueblos de la Alpujarra, Trevélez, Pórtugos, Capileira o Pampaneira, le mandaban un caballo o un mulo a buscarla a su casa. Encarnación también iba y a veces estaba días de parto.

Esta mujer no cobraba nada de dinero, aunque la gente siempre le obsequiaba con jamones, gallinas, etc. Cuando la partera murió a su funeral acudieron varios cientos de personas de todos los pueblos. Los mayores de la comarca aún la recuerdan. Estas personas reconocen todavía a los bebés que trajo al mundo por la manera de cerrar o atar el cordón umbilical que tenía.

Fijaos no obstante en cómo en un tiempo en que no existía la atención médica para una parte importante de la población al menos, la llegada al mundo de tantas y tantas personas se confiaba a personas que destacaban por su experiencia.

Hoy la «Guía de Práctica Clínica sobre la Atención al Parto Normal en el SNS» del Ministerio de Sanidad y Políticas Sociales, indica:

Se recomienda que los equipos de atención al parto hospitalario promuevan la atención al parto de bajo riesgo preferiblemente por parte de las matronas, siempre y cuando éste se mantenga dentro de los límites de la normalidad».

Muy lejos ya en el tiempo y los modos de la «era alpujarreña», una matrona en la actualidad es una persona que,

habiendo sido admitida para seguir un programa educativo de partería, debidamente reconocido por el Estado, ha terminado con éxito el ciclo de estudios prescritos en partería y ha obtenido las calificaciones necesarias que le permitan inscribirse en los centros oficiales y/o ejercer legalmente la práctica de la partería».

Como cuenta la web de la asociación El parto es nuestro:

Etimológicamente, la palabra ‘matrona’ surge de ‘mater’ (derivación de ‘matrix’ = de la madre), la voz ‘matrix-i-cis’ (matriz) que equivale al griego ‘jisterai’ (útero o matriz)».

Incluso antes de que aparecieran términos similares como obstetra o comadrona, ya existían mujeres acompañando partos y nacimientos. Hay referencias de parteras en todas las culturas, en todas las civilizaciones, desde tiempos inmemoriales y con diferentes nombres.

Hasta bien entrado el siglo XVII, fue exclusivamente un trabajo de mujeres. En dicha página cuentan que no había una formación reglada; «era más bien un saber empírico transmitido de madres a hijas o de mujeres a otras mujeres, sin base científica ni afán investigador como sí lo hay hoy».

Todas las mujeres que han ayudado a los alumbramientos han sido figuras respetadas socialmente, como Encarnación, la partera de la Alpujarra que nunca realizó un acto médico pero sí muchos profundamente humanos.

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