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Desinformación en salud: cuando los bulos compiten con la evidencia y con la confianza pública

Vivimos en un tiempo en el que nunca fue tan fácil acceder a información y, al mismo tiempo, nunca fue tan difícil distinguir lo verdadero de lo falso. La desinformación científica ya no se limita a temas excepcionales o de crisis; hoy se infiltra en cuestiones tan cotidianas como la nutrición, el bienestar, los tratamientos médicos o la crisis climática. Y ese desplazamiento es relevante porque afecta a ámbitos que condicionan directamente nuestra salud y nuestro futuro colectivo.

La segunda edición del informe “Desinformación científica en España 2026”, elaborado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) confirma algo que muchos profesionales llevan años advirtiendo: la población sigue confiando en la ciencia, pero la desinformación encuentra cada vez más grietas por las que colarse.

Según el estudio, el 83,8% de la población española confía más en quienes generan el conocimiento científico que en quienes lo gestionan o comunican, una cifra que habla bien de la ciencia, pero también de la fragilidad del ecosistema informativo.

El informe muestra que los profesionales sanitarios, las sociedades científicas y los investigadores son las figuras que más confianza despiertan entre la ciudadanía a la hora de informarse sobre ciencia y salud.

Sin embargo, esa confianza no impide que una parte importante de la población adopte actitudes de populismo científico: un 25,5% afirma preferir el sentido común a la evidencia científica y un 25,2% cree que los científicos están confabulados con empresas y políticos.

Ese dato merece atención porque no estamos hablando de rechazo total a la ciencia, sino de una desconfianza parcial, selectiva y emocional. Es ahí donde los bulos encuentran terreno fértil: no necesitan convencer a todo el mundo, solo introducir suficiente duda como para erosionar la credibilidad de la evidencia.

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Nutrición, vacunas y clima: los nuevos territorios del ruido

Una de las conclusiones más preocupantes del informe es que la desinformación científica ya no gira solo en torno a grandes crisis sanitarias como la covid-19 o las vacunas, aunque estos temas siguen presentes. Ahora el foco se ha desplazado con fuerza hacia asuntos más cotidianos y, por tanto, más vulnerables a la manipulación: la nutrición y el bienestar, el cambio climático y los tratamientos médicos.

El dato es revelador: una de cada cuatro personas reconoce haber recibido información falsa sobre algún tema científico durante la última semana, y el 40% declara haber encontrado bulos sobre nutrición y bienestar, por delante del cambio climático, los tratamientos médicos y las vacunas.

Eso significa que la desinformación ya no se presenta solo como un ataque frontal a la ciencia, sino como un goteo constante de mensajes que se cuelan en decisiones de la vida diaria: qué comer, qué suplementación tomar, qué remedio probar o qué creer sobre el clima.

En el ámbito de la salud, esto tiene especial importancia para temas como vacunas, medicamentos y efectos adversos. Los bulos no suelen decir “rechaza la medicina”; suelen ser más sutiles: exageran ciertos beneficios (y riesgos), sacan de contexto datos aislados o presentan casos anecdóticos como si fueran pruebas sólidas.

En ese terreno, la duda se convierte en una herramienta poderosa, porque basta con sembrarla para erosionar la confianza en lo que merece la pena o lo que es cierto.

Redes, vídeo e inteligencia artificial

El informe también señala con claridad los canales por los que circula esta información engañosa. Las redes sociales y las plataformas de vídeo aparecen como los principales espacios de recepción de bulos, con más del 70% de menciones, y son además el medio que la población identifica con mayor probabilidad como propagador de información falsa.

Internet es el canal más usado para informarse sobre ciencia y salud, pero también el que más expone a contenidos dudosos.

A ello se suma la inteligencia artificial, que ya es percibida por cerca de un tercio de la población como un posible vehículo de desinformación. Su capacidad para generar textos, audios e imágenes convincentes multiplica la apariencia de credibilidad, justo en un contexto en el que mucha gente decide rápido y verifica poco.

Y eso es especialmente delicado cuando hablamos de salud, porque una pieza bien construida puede parecer tan fiable como una fuente experta aunque no lo sea.

La emoción como atajo

Uno de los hallazgos más interesantes del informe es que la emoción pesa mucho en la difusión de bulos. Cuando una persona percibe una noticia como creíble, es menos probable que comparta información falsa, pero también reduce su tendencia a compartir noticias verdaderas.

El filtro de la credibilidad funciona, sí, pero lo hace a costa de frenar también parte del contenido correcto.

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Cuando el mensaje viene cargado de miedo, indignación o sorpresa, la atención a la verosimilitud baja y aumenta la predisposición a compartirlo. La emoción gana porque promete una respuesta rápida y contundente, mientras que la ciencia o el periodismo suelen necesitar contexto, matices y tiempo.

Otro dato relevante es que los bulos difundidos por conversaciones personales o llamadas telefónicas se propagan incluso más que los compartidos en redes sociales. Esto recuerda que la desinformación no se limita al espacio digital: también circula por la intimidad de los vínculos cotidianos, donde un comentario de un familiar o una recomendación de una amistad puede tener más peso que un informe técnico.

Qué hacer frente al ruido

La respuesta no puede ser simplemente pedir “más pensamiento crítico” como si fuera una consigna vacía. El informe apunta a varias líneas de acción claras: promover alfabetización mediática, mejorar el conocimiento sobre cómo funciona la ciencia, fomentar el escepticismo saludable, evitar la polarización y reforzar el periodismo científico especializado.

También subraya la necesidad de limitar la propagación de desinformación a través de los algoritmos y de construir una comunicación científica de mayor calidad.

En temas como vacunas, medicamentos o medio ambiente, el problema no es solo que circulen bulos: es que muchas veces esos bulos crecen porque la información oficial llega tarde, llega envuelta en lenguaje técnico o llega demasiado pegada a los intereses de la industria y de las instituciones.

Frente a eso, no basta con pedir confianza ciega ni con repetir dogmas: hace falta examen crítico, transparencia y capacidad para señalar también los daños, las incertidumbres y los conflictos de interés. Porque cuando la desinformación ocupa el espacio de la duda, lo que está en juego no son solo ideas, sino tratamientos, diagnósticos, políticas públicas y la salud de toda la población.

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