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Del bocadillo al BSL‑3: lo que sabemos (y lo que no) del brote de peste porcina y la carrera por la vacuna

La peste porcina africana ha reaparecido en Barcelona, a pocos kilómetros de uno de los laboratorios de alta biocontención que trabajan precisamente con este virus. Las autoridades señalan a un bocadillo con embutido contaminado como posible origen, mientras crecen las sospechas de fuga y las prisas por probar una futura vacuna de Hipra.

Entre el relato oficial y las teorías más incendiarias, queda un terreno incómodo donde se mezclan ciencia, opacidad institucional e intereses de la gran industria cárnica y farmacéutica.

1. Lo que es comprobable

El brote de peste porcina africana (PPA) en la sierra de Collserola ha devuelto a España a un mapa del que salió oficialmente en los años noventa. Los primeros casos se han detectado en jabalíes hallados muertos en el parque natural, muy cerca de una gran área metropolitana y en una zona con alta densidad de población humana y de fauna silvestre habituada a alimentarse de residuos.

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En ese mismo entorno se encuentra el IRTA‑CReSA, el Centro de Investigación en Sanidad Animal, ubicado en el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Se trata del laboratorio de referencia catalán en enfermedades animales, con más de dos décadas de trabajo con patógenos de alto riesgo en instalaciones de alta biocontención (NBS3/BSL‑3 “reforzadas”).

El centro dispone de sistemas de presión negativa, dobles barreras físicas y protocolos específicos para que nada vivo salga de las instalaciones salvo el personal, que también sigue normas estrictas de entrada y salida.

El IRTA‑CReSA ha reconocido que trabaja desde hace años con el virus de la PPA y que, además de investigar su biología, contribuye al diagnóstico de muestras procedentes del campo.

De hecho, el laboratorio ha participado en la detección inicial de los dos primeros casos de jabalíes positivos en Collserola, antes de que el Laboratorio Nacional de Referencia de Algete (MAPA) confirmara oficialmente los resultados.

En paralelo, el centro continúa secuenciando e intentando aislar el virus encontrado en los jabalíes para compararlo con cepas que circulan en otros países y acotar su posible origen geográfico.

En cuanto al origen del brote, la Generalitat ha planteado una hipótesis que ha acaparado titulares: un bocadillo de embutido contaminado abandonado en la zona, que podría haber sido consumido por jabalíes.

El conseller de Agricultura ha hablado de una “posibilidad muy alta” de que el virus haya llegado a través de alimentos infectados, probablemente procedentes de una región donde la PPA está presente, aunque ha insistido en que es pronto para sacar conclusiones definitivas sin tener el análisis genómico completo.

En otras palabras: hay una hipótesis fuerte, pero todavía no hay veredicto científico cerrado.

Mientras tanto, en el plano internacional, la PPA lleva años causando estragos en Europa del Este, Asia y diferentes países africanos, obligando a sacrificar millones de animales y generando enormes pérdidas económicas.

A diferencia de otros virus, la PPA no tiene por ahora una vacuna comercial disponible, en parte por la complejidad de su genoma (alrededor de 150 proteínas) y su notable capacidad para esquivar la respuesta inmunitaria.

Esto ha convertido cualquier avance en la carrera por la vacuna en una pieza estratégica para gobiernos, industria cárnica y grandes farmacéuticas veterinarias.

En este contexto aparece Hipra, la farmacéutica gerundense que ya saltó a la primera línea durante la Covid‑19 al desarrollar una vacuna propia contra el SARS‑CoV‑2.

La empresa lidera ahora el consorcio europeo VAX4ASF, un proyecto financiado por la Comisión Europea que agrupa a diecisiete socios de varios países de la UE, Estados Unidos y Kenia con el objetivo de desarrollar una vacuna viva atenuada contra la PPA, junto con herramientas de diagnóstico y estrategias coordinadas de vigilancia.

Según fuentes de la propia Hipra, el consorcio tiene una duración de cuatro años y prevé iniciar los primeros ensayos en cerdos con sus prototipos vacunales a partir del próximo año, situándose aproximadamente en el ecuador del proyecto.

La candidata de Hipra sigue en fase de investigación preclínica, pendiente de demostrar seguridad y eficacia en ensayos con animales antes de plantearse futuros pasos regulatorios.

Otros grupos internacionales trabajan también en diferentes aproximaciones, pero ninguno ha logrado todavía superar todo el recorrido experimental y normativo necesario para salir al mercado.

Sobre este tablero se superponen tres elementos: un brote real confirmado en fauna silvestre en Cataluña, un laboratorio de alta seguridad que trabaja con el mismo virus en la misma zona, y un gran proyecto europeo de vacuna liderado por una farmacéutica con experiencia reciente en la pandemia de Covid‑19.

Todo ello está documentado, la pregunta es: ¿Cómo se conectan las piezas y hasta dónde puede llegar una crítica seria sin caer en el relato previsible de la “fuga de laboratorio”?

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2. La parte crítica de lo que no está acreditado

En los últimos días se han viralizado mensajes que dibujan un escenario muy concreto: el IRTA‑CReSA llevaría tiempo haciendo ensayos de “desafío” (vacunar cerdos e inocularles después el virus) en su BSL‑3, se habría producido una fuga y el brote en jabalíes sería consecuencia de esos experimentos; todo ello coincidiría, “casualmente”, con el interés de acelerar el desarrollo de la vacuna de Hipra.

Este relato resulta atractivo porque encaja muchas piezas en un guión de causalidad directa, pero choca con varios hechos.

El propio IRTA‑CReSA ha salido públicamente a desmentir que haya indicios de fuga alguna. El centro recuerda que cuenta con más de 20 años de experiencia en bioseguridad, que las instalaciones funcionan como un “búnker” y que todo el material biológico que entra se inactiva o destruye según protocolos muy estrictos.

Tras la aparición del brote, se han revisado las actuaciones de los últimos meses en relación con la PPA y asegura que no se ha detectado ninguna incidencia ni desviación de los procedimientos internos.

Las muestras de jabalíes sospechosos no las “detecta” únicamente el propio centro: el laboratorio catalán analiza y remite los casos al Laboratorio Nacional de Referencia de Algete, que es quien confirma oficialmente los positivos.

Es decir, no estamos ante un circuito cerrado donde el mismo grupo que investiga vacunas controla de principio a fin el relato sobre el brote. Hay al menos un segundo nivel de verificación estatal que no depende de IRTA‑CReSA.

Tampoco hay datos públicos que prueben que, justo antes del brote, se estuvieran realizando en Collserola ensayos de desafío vacunando e infectando cerdos en el marco de VAX4ASF. Eso no excluye que existan otros trabajos con el virus en modelos animales.

La hipótesis del “bocadillo con embutido contaminado” tampoco se puede tomar como dogma, pero al menos proviene de responsables públicos que señalan una ruta de entrada conocida de la PPA: productos cárnicos infectados mal gestionados, una vía documentada en otros episodios internacionales.

La propia Generalitat admite que falta la secuenciación completa para comparar el genoma del virus hallado en Collserola con el de cepas que circulan en otros países, lo que permitirá afinar el origen; por ahora, ninguna autoridad científica ha apuntado al laboratorio como fuente probable.

¿Significa esto que no haya nada que criticar? En absoluto. Un enfoque crítico puede y debe preguntar por la transparencia real de los protocolos de bioseguridad, por la frecuencia de auditorías independientes o por la concentración de capacidades diagnósticas y de investigación en pocos centros.

También se puede interrogar sobre el hecho de que un mismo ecosistema institucional combine funciones de vigilancia, investigación básica y desarrollo de herramientas que luego pueden ser capitalizadas por la industria, algo que alimenta sospechas de captura corporativa aunque no haya pruebas de mala praxis concreta.

Existe un contexto que favorece la desconfianza -desigual reparto de beneficios, opacidad en ciertos acuerdos público‑privados o la experiencia reciente de la Covid‑19-.

3. Vacunas frente a la PPA

En este escenario, cualquier proyecto de vacuna se convierte en una pieza de enorme valor geopolítico y económico. El consorcio europeo VAX4ASF, liderado por Hipra, trabaja en vacunas vivas atenuadas y otras aproximaciones con la intención declarada de ofrecer una “solución definitiva, efectiva y segura” en un plazo de cuatro años.

La participación de una farmacéutica que ya protagonizó la llamada “vacuna española” de la Covid‑19 añade capas de lectura política y mediática. Por un lado, podría interpretarse como una apuesta por capacidades industriales propias y por no depender de gigantes multinacionales.

Por otro, reabre el debate sobre los modelos de financiación de la I+D biomédica: proyectos sufragados con fondos públicos que terminan cristalizando en patentes privadas y en productos que se comercializan bajo lógica de beneficio empresarial.

Los potenciales conflictos de interés no se limitan a Hipra. La interdependencia entre grandes integradoras porcinas, laboratorios de referencia, administraciones y proveedores de vacunas configura una red donde las decisiones sobre estrategias de control, calendarios de vacunación y requisitos de diagnóstico pueden tener efectos económicos gigantescos.

Si la única salida a la PPA pasa por una vacuna de uso masivo, quienes controlen esa tecnología y su distribución tendrán un poder considerable sobre un sector que en países como España representa miles de millones de euros en facturación y exportaciones.

Desde una perspectiva crítica, la cuestión no es solo si la vacuna funciona o no, sino cómo se decide su desarrollo, quién asume los riesgos experimentales, quién paga la factura de la investigación y quién obtiene los beneficios una vez llegue al mercado.

También importa qué tipo de ganadería se beneficia realmente de esta herramienta: una vacuna puede ser una tabla de salvación para mantener intacto el modelo intensivo, reduciendo la presión para replantearse la densidad de animales, el tamaño de las granjas o la dependencia de los mercados globales.

Si no se acompaña de un cambio de modelo, la vacuna corre el riesgo de convertirse en otro parche tecnológico que apuntala un sistema ya de por sí frágil, en lugar de cuestionarlo.

Y claro, también producen efectos secundarios. En 2023–2024 se registraron alrededor de 4.400 notificaciones de efectos adversos a fármacos de salud animal, siendo las vacunas uno de los grupos en los que más casos se comunican. Pero claro, como son animales…

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