Guerras de hambre
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El sistema alimentario rehén del gas y del petróleo

Cada crisis energética revela la misma verdad incómoda: hemos construido un sistema alimentario rehén del gas y del petróleo. Cada vez que sube la tensión en Oriente Medio, que se corta una ruta de comercio o que se dispara el precio de la energía, la onda expansiva termina llegando a la cesta de la compra. Lo estamos volviendo a ver con el conflicto en la región y el cierre del estrecho de Ormuz.

Ormuz está lejos en el mapa, pero cada vez está más cerca de nuestra despensa. Del bloqueo de ese paso estrecho dependen barcos cargados de petróleo, gas y fertilizantes que sostienen el sistema agroalimentario global. Y, sin embargo, la sensación es conocida: otra sacudida geopolítica, otra crisis de precios… y otra vez nos pilla sin los deberes hechos.

La pandemia de la COVID ya nos había avisado de la fragilidad de las cadenas de suministro largas, complejas, hiperconcentradas. La guerra de Ucrania nos mostró lo caro que es depender del gas y del petróleo para producir alimentos: subieron los fertilizantes, se disparó el trigo, y el acceso a una dieta saludable se volvió más difícil para amplias capas de la población. Ahora, el conflicto en Oriente Medio y el cierre de Ormuz vuelven a tensionar la cesta de la compra, recordándonos que no hemos cambiado lo esencial.

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Una maquinaria fósil extremadamente vulnerable

El sistema agroalimentario industrial funciona como una maquinaria fósil: gas en los fertilizantes, petróleo en el transporte, energía en cada eslabón de la cadena. Cada caloría que comemos lleva dentro gas y petróleo: en el fertilizante que hizo crecer el cereal, en el diésel del tractor, en el riego, en la fábrica que procesó el alimento, en el envase, en el camión o el barco que lo trajo desde miles de kilómetros.

Gran parte de la producción agrícola mundial depende de fertilizantes nitrogenados fabricados a partir de gas natural, especialmente amoniaco y urea. La Agencia Internacional de la Energía recuerda que el amoníaco es el punto de partida de todos los fertilizantes nitrogenados minerales, y que aproximadamente la mitad se convierte en urea, el fertilizante nitrogenado más utilizado en el mundo. Dicho en sencillo: sin gas barato no hay fertilizante barato.

Y sin fertilizante barato, la agricultura industrial que sostiene gran parte del comercio de maíz, trigo, arroz o soja ve comprometidos sus rendimientos. El resultado es conocido: agricultores atrapados entre costes disparados y precios en origen insuficientes; consumidores pagando más por una comida cada vez más pobre; países importadores más vulnerables, que se enfrentan a una mayor inseguridad alimentaria.

En algunos lugares del mundo, un aumento del 15% en el precio de los cereales puede significar millones de personas con menos comida en el plato. Ese pequeño porcentaje, que en el Norte se asume como un mal trago más, se traduce en hambre abierta o malnutrición en buena parte del Sur global. Y todo esto a partir de una ecuación demasiado simple: energía cara, comida cara.

Ormuz y la geopolítica de la despensa

Cuando hablamos del estrecho de Ormuz solemos pensar en petróleo, gasolina o calefacción. Pero detrás hay mucho más: fertilizantes sintéticos, pesticidas, transporte de materias primas, barcos portacontenedores que cruzan medio planeta para que podamos comprar todo, todo el año, venga de donde venga.

El cierre efectivo de Ormuz interrumpe el tránsito de una parte clave del gas y del petróleo global, pero también de los fertilizantes que utilizan los grandes “graneros del mundo”. Una interrupción prolongada puede generar un shock similar o superior al de 2022, con inflación alimentaria global, crisis fiscales en países importadores netos y aumento abrupto de la inseguridad alimentaria.

La guerra de Ucrania ya nos enseñó lo que supone que dos grandes actores cerealeros se vean envueltos en un conflicto: subidas bruscas de precios, especulación financiera con materias primas y una crisis silenciosa en las cocinas de millones de hogares.

Ahora, la escalada bélica en Oriente Medio y el bloqueo de un estrecho vital nos vuelven a colocar al borde del mismo precipicio, pero con un sistema todavía más endeudado y poblaciones más empobrecidas.

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La tentación de renunciar a lo ecológico

En cada crisis aparece la misma tentación política: flexibilizar normas ambientales, abaratar costes a toda costa, sacrificar lo ecológico en nombre de la “urgencia”. Se presenta la producción intensiva, dependiente de fertilizantes y pesticidas, como única garantía de seguridad, mientras los proyectos ecológicos se caricaturizan como caprichos de urbanitas acomodados.

En paralelo, las subvenciones siguen un guion conocido: se privilegia lo que promete volumen rápido y se coloca en la categoría de “prescindible” todo aquello que cuida los suelos, la biodiversidad, la calidad nutricional o la justicia social en el campo. Es fácil imaginar un escenario en el que, ante nuevas tensiones económicas, parte de las ayudas a la producción ecológica se reconduzcan hacia modelos intensivos con el argumento de la “emergencia alimentaria”.

Pero conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿de verdad es prescindible el modelo que nos ofrece más resiliencia a medio y largo plazo? ¿Tiene sentido recortar precisamente en las prácticas que reducen la dependencia de gas, petróleo e insumos importados?

Si algo nos enseña Ormuz es que la dependencia nos sale carísima, en términos económicos, sociales y ambientales.

Soberanía alimentaria: de consigna a necesidad

En este contexto, la soberanía alimentaria deja de ser un eslogan y se convierte en una necesidad estratégica. No hablamos de autarquía obsesiva, sino de algo tan sencillo y a la vez tan radical como que una parte importante de lo que comemos se produzca cerca, con suelos vivos, con agua cuidada y con agricultores y agricultoras que puedan vivir de su trabajo.

Eso implica varias cosas: reforzar la producción ecológica de proximidad para depender menos de fertilizantes importados y de transporte internacional; apostar por energías renovables y modelos energéticos distribuidos en el ámbito rural para reducir la vulnerabilidad a los vaivenes del gas y del petróleo; y repensar la exportación para que no deje el mercado local desabastecido o con precios inalcanzables.

El sector ecológico español vive una contradicción profunda. Por un lado, España es una potencia productora, con una superficie creciente dedicada al cultivo ecológico. Por otro, seguimos siendo relativamente poco consumidores: una parte significativa de lo que se produce se exporta a países con mayor poder adquisitivo. Cuando suben los costes energéticos y se encarece el transporte, esa ecuación se tambalea, y los primeros en caer suelen ser los pequeños y medianos proyectos.

A esto se suman las incertidumbres geopolíticas: tensiones comerciales, cambios de alianzas, mercados que se cierran o se vuelven menos rentables. Hoy se mira a Estados Unidos, mañana a países del Golfo, pasado a Asia. Esa volatilidad puede ser letal para quienes no tienen colchones financieros ni capacidad de absorber golpes bruscos.

Sin embargo, incluso en medio de este caos, hay ventanas de oportunidad. Un posible repliegue del turismo internacional puede abrir espacio al ecoturismo local, a las visitas a fincas agroecológicas, al redescubrimiento del territorio. La búsqueda de seguridad y de sentido por parte de muchas personas puede traducirse en una demanda creciente de alimentos honestos, trazables, con nombre y apellidos detrás.

Las crisis de suministro internacional pueden reforzar el valor estratégico de producir cerca, con criterios ecológicos.

De la química fósil a la fertilidad viva

Uno de los aprendizajes más valiosos de los últimos años viene de la agricultura regenerativa y de la agroecología. Diversas experiencias demuestran que es posible mantener rendimientos similares a los de sistemas convencionales y, al mismo tiempo, mejorar la salud del suelo, aumentar la capacidad de retener agua y secuestrar carbono.

Esto no significa que el cambio sea fácil, rápido o cómodo. Requiere conocimiento, inversión, tiempo de transición, acompañamiento técnico y estabilidad económica. Pero desmonta un mito muy arraigado: que sin fertilizantes sintéticos a gran escala nos moriríamos de hambre.

Lo que sí necesitamos es otra forma de entender la fertilidad, basada en la materia orgánica, en la biodiversidad del suelo, en las rotaciones, en los cultivos de cobertura, en la integración de la ganadería.

Cuanto más avancemos en esa dirección, menos nos afectarán los vaivenes del mercado de fertilizantes, los cierres de estrechos o los sabotajes a plantas químicas en la otra punta del mundo. La verdadera seguridad alimentaria se construye con suelos vivos, no con contenedores llenos de nitrógeno sintético.

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Medios, miedo y responsabilidad

Otra lección de estas crisis encadenadas es el papel del miedo. Cuando la información llega mediada por intereses económicos y geopolíticos, es fácil caer en la psicosis: enemigos absolutos, salvadores providenciales, bandos puros y malvados. Mientras tanto, se invisibiliza lo importante: quién produce nuestra comida, en qué condiciones, con qué impactos, con qué grado de dependencia.

Desconectarse de la intoxicación mediática no significa desinformarse, sino cultivar una mirada crítica. No comprar narrativas simplistas que señalan chivos expiatorios mientras protegen a los verdaderos responsables de la inestabilidad: un sistema económico que necesita guerras, materias primas baratas y mano de obra barata para mantenerse.

En medio de todo, nuestra responsabilidad como personas consumidoras puede parecer pequeña, pero no es irrelevante. Elegir alimentos ecológicos y de proximidad cuando podemos permitírnoslo; apoyar a productores locales; exigir transparencia a empresas y administraciones; defender políticas que prioricen suelos vivos frente a beneficios a corto plazo… Todo esto suma. No sustituye a los cambios estructurales, pero los empuja.

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Un comentario

  1. Excelente artículo, como ya nos tienes acostumbrados, sólo hay una cuestión a la cual no has llegado ya que, si se menciona a los animales de granja, sean cuales sean los conceptos que se traten, no se está hablando de biodiversidad ni de ecología, sino de la cuestión generatriz de toda crisis global a causa de la superpoblación.

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