Medicamentos a evitar: por qué Ondexxya, Chondrosulf, Veoza y Lyfnua están en el punto de mira
La revista independiente Prescrire ha vuelto a agitar el tablero de la farmacoterapia con la publicación de su nueva “lista negra” de medicamentos a evitar. Una vez más, el mensaje de fondo incomoda a la industria, y debería incomodar también a muchos responsables sanitarios: hay fármacos en el mercado cuyo balance entre beneficios y daños es tan pobre que, sencillamente, NO tendrían que recetarse, y algunos quizá ni tendrían que haberse autorizado.
En su actualización más reciente, Prescrire no solo mantiene el grueso de medicamentos problemáticos de años anteriores, sino que incorpora nuevas moléculas por un mismo patrón de fondo: efectos adversos graves o muy frecuentes para una eficacia incierta, modesta o, directamente, nula.
Entre los añadidos o señalados de forma especialmente crítica figuran Andexanet alfa (Ondexxya®), la condroitina (Chondrosulf® y similares), fezolinetant (Veoza®) y gefapixant (Lyfnua®). Cuatro ejemplos distintos, un mismo hilo conductor: la desproporción entre el daño potencial y el beneficio real para las personas que los toman.
Qué es la “lista negra” de Prescrire
Prescrire es una revista francesa, sin publicidad comercial, que desde hace años se ha ganado un respeto incómodo en el mundo sanitario por su autonomía económica y editorial.
Cada año publica una actualización de los llamados “medicamentos a evitar”, una herramienta dirigida principalmente a profesionales, pero de enorme interés para la ciudadanía informada.
La metodología, a grandes rasgos, consiste en revisar la literatura científica disponible y comparar la eficacia clínica real de los fármacos con sus riesgos conocidos, teniendo siempre en cuenta que casi nunca estamos ante situaciones de “todo o nada”, sino de alternativas disponibles.
La clave está precisamente en ese punto: no se trata de demonizar los medicamentos, sino de medirlos frente a las mejores opciones disponibles para una indicación concreta.
Un fármaco puede parecer útil si se compara con placebo en un ensayo corto, pero, cuando se le enfrenta a alternativas mejor estudiadas, más baratas y menos tóxicas, el castillo de naipes se viene abajo.
La lista de Prescrire pone el foco en aquellos productos que, en ese ejercicio comparativo, salen claramente perdiendo. Que un medicamento figure en esta “lista negra” no implica que sea veneno absoluto ni que todas las personas que lo estén tomando deban suspenderlo de un día para otro.
Lo que significa es que, a la luz de las evidencias disponibles, su relación beneficio-riesgo es desfavorable en términos de salud pública, y que la prioridad debería ser no iniciarlo y buscar alternativas más seguras y eficaces.
A partir de ahí, cada caso clínico tiene sus matices, pero el mensaje general es claro: hay fármacos que sobran.
El caso de Andexanet alfa (Ondexxya)
Andexanet alfa es un medicamento diseñado como “antídoto” para revertir el efecto anticoagulante de algunos anticoagulantes orales directos, como rivaroxabán o apixabán, en situaciones de hemorragia grave o cirugía urgente. Suena, a priori, a una gran innovación: disponer de un reversor específico podría salvar vidas en caso de sangrados masivos. De hecho, ese ha sido uno de los grandes argumentos de marketing alrededor del producto.
El problema llega cuando se analiza con lupa la evidencia que respalda su autorización. Los ensayos disponibles son limitados en tamaño y diseño, con importantes incógnitas sobre la magnitud real del beneficio clínico frente a las medidas estándar que ya se utilizan.
A esto se añaden señales preocupantes de eventos trombóticos graves tras su administración, algo que no sorprende si recordamos que, en esencia, se está anulando de golpe el efecto anticoagulante en pacientes de muy alto riesgo cardiovascular.
Prescrire considera que el perfil de Andexanet alfa no justifica su uso rutinario, dado el coste, las incertidumbres sobre beneficios “duros” (mortalidad, discapacidad) y los riesgos trombóticos significativos.
En otras palabras, puede haber casos límite donde se plantee, pero como herramienta generalizada y “mágica” para todos los sangrados asociados a anticoagulantes directos, la balanza se inclina peligrosamente hacia el lado del daño. Mientras tanto, las alternativas no específicas, más baratas y con más experiencia de uso, siguen infraevaluadas frente al brillo de un supuesto antídoto de alta tecnología.
Condroitina: negocio con dolor articular
La condroitina, presente en múltiples preparados como Chondrosulf y otros complementos y medicamentos “para las articulaciones”, es un viejo conocido del mercado del dolor articular y la artrosis.
Su promesa es sencilla y seductora: aportar un componente del cartílago para “nutrir” la articulación, frenar el desgaste y aliviar los síntomas. Esa narrativa, hábilmente explotada en publicidad y en el mostrador de muchas farmacias, ha sostenido durante años un negocio millonario.
Sin embargo, cuando se revisan de forma crítica los ensayos clínicos, la realidad es bastante menos vistosa. La mayoría de estudios bien diseñados muestran una eficacia muy limitada o nula sobre el dolor y la función en comparación con placebo.
En algunos casos, las diferencias, cuando existen, son tan pequeñas que resultan clínicamente irrelevantes para la vida diaria de las personas. A ello se suma que muchos ensayos positivos presentan conflictos de interés importantes, sesgos metodológicos o diseños poco robustos.
Se suele alegar que la condroitina es “natural” y por tanto inocua, pero eso tampoco es exacto. Pueden aparecer problemas digestivos, interacciones con otros tratamientos y, sobre todo, un coste económico continuado que desplaza recursos de intervenciones con beneficios demostrados: ejercicio adaptado, pérdida de peso en caso de sobrepeso, fisioterapia, analgésicos con mejor relación beneficio-riesgo, etc.
La crítica de Prescrire apunta a esa doble trampa: eficacia dudosa y sustitución de medidas que sí pueden ser efectivas. El resultado es que muchas personas se endeudan, literal o metafóricamente, pagando por una promesa que la ciencia no confirma.
Fezolinetant (Veoza): sofocos, menopausia e incertidumbres
Fezolinetant, comercializado como Veoza, es un fármaco relativamente reciente indicado para el tratamiento de los sofocos moderados o graves asociados a la menopausia. No se trata de una terapia hormonal clásica, sino de un modulador de ciertos receptores implicados en la regulación de la temperatura corporal.
El mensaje con el que se presenta es atractivo: alivio de los síntomas sin recurrir a los estrógenos, con todos los debates y miedos que estos arrastran desde hace décadas.

La cuestión vuelve a ser cuánto aporta realmente frente a las alternativas existentes y a qué coste. Los ensayos clínicos han mostrado una reducción de la frecuencia e intensidad de los sofocos respecto a placebo, pero de magnitud modesta y con horizontes de tiempo todavía cortos.
Además, empiezan a aflorar datos sobre posibles efectos adversos hepáticos, alteraciones en parámetros analíticos y otros problemas que, aunque todavía se están delimitando, generan legítima preocupación cuando se plantea un uso prolongado en mujeres sanas.
En un contexto en el que existen medidas no farmacológicas útiles, así como opciones hormonales bien estudiadas que pueden emplearse con prudencia y buena selección de pacientes, colocar un nuevo fármaco caro y con interrogantes de seguridad como solución principal resulta discutible.
El riesgo es medicalizar aún más una etapa fisiológica de la vida de las mujeres, sustituyendo un paquete de problemas (los estrógenos mal utilizados) por otro paquete de incertidumbres disfrazado de innovación segura. Esa es, en esencia, la alerta de Prescrire: no hace falta añadir más riesgo allí donde los beneficios añadidos son discretos.
Gefapixant (Lyfnua): la tos crónica como nicho de mercado
Gefapixant, con nombre comercial Lyfnua, se dirige a otro problema frecuente y frustrante: la tos crónica refractaria. Muchas personas arrastran durante meses una tos persistente, sin causa clara o que no responde a los tratamientos habituales, y eso deteriora el sueño, la vida social y la salud mental.
No es extraño que un medicamento que prometa “apagar” esa tos se reciba como un avance muy esperado. El mecanismo de gefapixant se basa en bloquear ciertos receptores sensoriales implicados en el reflejo de la tos.
En los ensayos, el fármaco consigue reducir el número de episodios de tos frente a placebo, pero, una vez más, la diferencia es modesta y, en ocasiones, apenas se traduce en una mejoría apreciable en la calidad de vida.
A esto se suma un perfil de efectos adversos nada trivial: alteraciones del gusto (disgeusia), náuseas, y otros síntomas que, en muchos casos, llevan a abandonar el tratamiento.
Cuando se combina esta eficacia limitada con un coste elevado y la ausencia de datos sólidos a largo plazo, la pregunta se impone: ¿Merece la pena exponer a tantas personas a estos riesgos por un beneficio tan escaso?
Prescrire concluye que no, y lo coloca entre los medicamentos a evitar. La tos crónica merece investigación y soluciones, pero no a cualquier precio y, desde luego, no a costa de inflar la medicalización con productos que apenas cambian el panorama clínico.
Un patrón que se repite: eficacia pobre, riesgos altos
Más allá de los nombres concretos, lo importante es el patrón que une a Andexanet alfa, la condroitina, fezolinetant y gefapixant. No son casos aislados ni errores puntuales del sistema, sino piezas de una maquinaria que tiende a favorecer la entrada y permanencia de productos con beneficios marginales y riesgos nada desdeñables.
El relato de la innovación farmacológica, tan presente en la propaganda institucional y corporativa, choca una y otra vez con la realidad de ensayos pequeños, comparadores inadecuados, ventanas de seguimiento cortas y una vigilancia postcomercialización que llega tarde, mal y a menudo presionada por conflictos de interés.
La lista negra de Prescrire recuerda que un medicamento no es “bueno” por el mero hecho de existir ni por haber superado el filtro regulatorio. La autorización es, en demasiados casos, un punto de partida, no de llegada.
A partir de ahí, el trabajo de la farmacovigilancia independiente, de los clínicos críticos y de la ciudadanía informada consiste en identificar aquello que sobra, que daña más de lo que ayuda, y exigir que se retire o que, como mínimo, se relegue a nichos muy específicos bajo estricta vigilancia.
Que esta revisión llegue desde una publicación sin publicidad, financiada por suscripciones y no por la industria, añade una capa de credibilidad que conviene no perder de vista. En un entorno sanitario colonizado por los intereses comerciales, la independencia es casi una rareza biológica, y por eso molesta.
Qué se puede hacer
Para las personas que leen este tipo de listas, la primera reacción suele ser el miedo: “estoy tomando uno de esos medicamentos, ¿qué hago ahora?”. La respuesta responsable pasa siempre por no suspender por iniciativa propia un tratamiento crónico, sino solicitar una revisión con el profesional que lo ha prescrito.
Esa visita es la ocasión perfecta para preguntar por alternativas, reevaluar la indicación y, si procede, planificar un cambio o retirada progresiva.
Del lado de los profesionales sanitarios, la lista Prescrire debería ser una invitación a revisar la propia práctica y a reforzar la formación independiente. No basta con seguir protocolos que, a menudo, incorporan sin filtros las novedades impulsadas por la industria; hace falta un espíritu de desobediencia responsable frente a la presión del marketing y del “siempre se ha hecho así”.
Preguntarse si un medicamento es realmente necesario, si existe una opción más segura y si el beneficio merece los riesgos, tendría que ser un ejercicio cotidiano, no una rareza militante.
Al final, el mensaje de fondo no es de alarma, sino de madurez sanitaria: menos fármacos de dudosa utilidad, más transparencia, más prudencia y más protagonismo para las intervenciones que sí sabemos que funcionan y que, curiosamente, casi nunca llenan titulares ni balances bursátiles.
La lista negra de Prescrire es un espejo incómodo. Mirarlo o no, y decidir qué hacemos con lo que refleja, es responsabilidad de todos.