Existe un grupo de medicamentos antibióticos, sintéticos, que son utilizados para el tratamiento de un amplio espectro de infecciones bacterianas (de las vías urinarias y respiratorias, del aparato genital y gastrointestinal, así como infecciones cutáneas, óseas y articulares). Se llaman quinolonas y fluoroquinolonas y las autoridades sanitarias han descubierto ahora que pueden provocar muchos más daños de los conocidos.

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Hace unos días me pregunté en este blog ¿cual es la eficacia real de las vacunas? Para su aprobación, los fabricantes no presentan datos de efectividad en la población sino datos de seroconversión (producción de anticuerpos por el organismo tras la inyección). Luego, cuando ya la vacuna está en el mercado, muchos «olvidan» hacer estudios epidemiológicos que prueben que su fármaco evita muertes. Pero hay quien los hace y publica ¿vemos un ejemplo?

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Las autoridades sanitarias europeas están estrechando cada vez más el cerco a los analgésicos denominados AINES (antiinflamatorios no esteroideos). En el punto de mira está sobre todo el diclofenaco, un principio activo que en España se vende bajo el nombre comercial de Voltaren (y los diversos genéricos de este). La Agencia Europea del Medicamento (EMA, por sus siglas en inglés) ya había publicado el pasado mes de junio un informe con las recomendaciones a seguir para “minimizar los riesgos cardiovasculares” derivados de su consumo.

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Cipro, el famoso medicamento antibiótico con el que Bayer presionó al mismísimo gobierno de Estados Unidos (EE.UU.) en los meses posteriores a los atentados del 11-S (era el fármaco supuestamente ideal para combatir con éxito el anthrax) puede provocar neuropatía periférica. Así lo dictamina ahora la agencia para el control de los medicamentos en EE.UU., la FDA, que ha procedido a hacer cambios en el etiquetado de fluoroquinolonas para advertir del riesgo de neuropatía periférica.

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