La crisis sanitaria empeora la salud mental y aumenta el consumo de peligrosos psicofármacos

No se ha tratado mucho el asunto de los problemas de salud mental que acarrearía la pandemia y sus medidas restrictivas. Pero en las últimas semanas el tema ha cobrado vigor. En 2019, tres de cada diez personas sufrían algún tipo de trastorno mental, sobre todo por depresión, ansiedad o somatización. Unas cifras que son ahora mayores como consecuencia de la pandemia.

Casi la mitad de las consultas atendidas por los médicos de familia son de salud mental y suelen implicar tratamientos básicamente farmacológicos: la prescripción de antidepresivos, de hecho, aumentó un 29% desde 2010.

Y eso comporta riesgos. Mucho se ha comentado y documentado sobre los efectos secundarios de los medicamentos antidepresivos. Sus posibles daños son bien conocidos, incluso hay sentencias judiciales por casos de suicidio relacionados con este tipo de tratamientos.

Lo «penúltimo» de lo que advierten los expertos es del Síndrome por la retirada de estos fármacos. Cuesta mucho dejarlos porque crean adicción.

De la dependencia que pueden causar los medicamentos antidepresivos no se ha escrito tanto como de otros daños digamos más «directos». Pero tal dependencia existe, si no que se lo pregunten a quienes los consumen durante un prolongado espacio de tiempo.

Y relacionado con ello existe un síndrome de discontinuación similar al de otros fármacos como los opioides y benzodiacepinas, también muy adictivos.

La salud mental es parte inherente de la salud de las personas, advierte la Organización Mundial de la Salud. Sin embargo, sigue siendo la gran olvidada y aún se estigmatiza a las personas

El Informe del Sistema Nacional de Salud de 2019 señalaba que tres de cada diez personas sufrían algún tipo de trastorno mental.

Por desgracia, las largas listas de espera para recibir atención especializada y la falta de psicólogos clínicos en la sanidad pública no facilitan la ayuda a los afectados, denuncia la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), coincidiendo con el Día de la Psicología en España que es hoy.

La pandemia lo ha empeorado todo. La amenaza del virus, el alto número de fallecidos, las restricciones sobre la vida diaria, la sensación de incertidumbre y descontrol, junto con la inestabilidad laboral derivada de la crisis han abierto nuevas heridas.

Un estudio realizado entre abril de 2020 y abril de 2021 estima que el 40% de los españoles ha tenido problemas de salud mental. Más agudos en jóvenes, adolescentes, personas mayores y mujeres, especialmente entre las personas con rentas más bajas.

Los problemas de salud mental más habituales son de depresión, de ansiedad y de somatización. Y la puerta de entrada en el Sistema Nacional de Salud es la Atención Primaria, a través del médico de cabecera, que es quien acaba asumiendo la mayor parte de estos casos.

Hasta el punto de que el 44% de sus consultas están relacionadas con la salud mental. Lamentablemente, la saturación de los servicios de Atención Primaria y el poco tiempo del que se dispone por consulta y paciente, favorece que el tratamiento prescrito suela ser farmacológico.

Por eso el consumo de antidepresivos aumentó un 29% en los últimos diez años; mientras que el consumo de ansiolíticos, hipnóticos y sedantes creció un 9%, apuntan la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS).

OCU solicita aumentar el número de psicólogos clínicos, tanto en Atención Primaria (donde prácticamente no hay), como en Atención Especializada, de modo que pueda ofrecerse una atención terapéutica o, cuando menos, combinada de psicoterapia y farmacología.

Hoy por hoy solo hay seis psicólogos clínicos por cada 100.000 habitantes en el Sistema Nacional de Salud, un tercio de la media europea. Del mismo modo, la organización pide que se acorten las listas de espera para el especialista, que ahora oscilan entre uno y tres meses para la primera consulta.

La alternativa es recurrir a un psicólogo privado, con un coste que puede superar los 200 euros al mes y que no todo el mundo puede pagarse. Así que hacen falta más psicólogos y menos psicofármacos.

Volviendo a lo de antes, los efectos de suspender cualquier antidepresivo deberían llamarse más precisamente ‘Síndrome de retirada’ en vez de ‘síndrome de discontinuación de antidepresivos’”, comentan los especialistas.

¿En qué consiste ese Síndrome de retirada? Pues en síntomas físicos y psicológicos que ocurren cuando se suspende la ingesta del fármaco.

También ocurre cuando se omite o reduce la dosis de cualquier antidepresivo. El tratamiento diario con esos fármacos puede condicionar la disponibilidad de distintos neurotransmisores, lo que conlleva muchas consecuencias fisiológicas.

Al suspender el tratamiento, el organismo necesita tiempo para readaptarse a los cambios, lo que lleva a un período de posible aparición de síntomas.

Cuidado con eso.

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