Reducir a la mitad la ingesta de carne para que nuestra dieta sea saludable y sostenible

Nuestra dieta, por lo general, saturada en proteínas animales, alimentada por una industria intensiva y “low cost” de carne y pescado, tiene profundos impactos sobre el planeta, nuestra salud, otros países y el bienestar animal. Así lo documenta el informe de Equo Comer bien para vivir mejor: Reduzcamos nuestro consumo de carne que aboga por comer menos carne, en concreto reducir nuestra ingesta a la mitad de lo que tomamos ahora.

Los datos son claros: si queremos que nuestra dieta sea saludable y sostenible desde el punto de vista ecológico, no debemos superar los 20 kg de carne al año. Es decir, teniendo en cuenta que una persona en España consume de media 50 kg anuales, significa que debemos reducir a más de la mitad nuestro consumo.

Esto implica, entre otras muchas cosas, “luchar contra las macrogranjas, una de las piezas clave del puzzle agroalimentario dominante y que matan al mundo rural y revisar de arriba a abajo la Política Agrícola Común (PAC) de la Unión Europea para convertirla en una herramienta a favor de la agricultura ecológica y las pequeñas explotaciones”.

Lo explica Florent Marcellesi, eurodiputado de Equo muy implicado en una campaña por reducir el consumo de carne animal.

Los productos de origen animal -y es algo que solemos ignorar cuando nos alimentamos- son responsables de alrededor del 60% de las emisiones de gases de efecto invernadero relacionadas con los alimentos. La carne y los productos lácteos son los elementos de nuestra dieta que mayores daños causan al clima y medioambiente en general.

El ganadero ecológico Fernando Robres argumenta la sinrazón:

Se calcula que para producir un kilo de carne de vacuno se necesitan cuatro kilos de pienso y grano. Esta es una de las desventajas de la producción de carne industrial, que además de salir cara, no garantiza su calidad y encima esquilma poco a poco los recursos naturales. La ganadería ecológica extensiva elimina este problema: favorece la conservación medioambiental del monte, protege los bosques y da trabajo en zonas donde la despoblación es el peor enemigo”.

El sistema alimentario es igualmente responsable del 80% de la deforestación actual de algunos de los bosques con mayor biodiversidad del planeta, siendo la expansión de la ganadería y la producción de piensos la principal causa individual de esta destrucción. Por tanto, Greenpeace pide en ese informe que para 2050 se reduzca la producción y el consumo global de productos de origen animal en un 50% comparado con la situación actual.

Lograr este objetivo es posible bajo los parámetros de la agricultura ecológica, en otras palabras, un nivel de producción que garantice la seguridad alimentaria y al mismo tiempo proteja el clima y la biodiversidad. Este objetivo se basa en una serie de modelos científicos que los expertos han desarrollado en los últimos años.

A pesar de que los consumidores cada vez se muestran más preocupados por la manera en que se crían los animales, la industria no ha invertido lo suficiente como para cumplir con esta demanda. En 2003 se incluyó por primera vez el bienestar animal como uno de los objetivos de la citada PAC, ofreciendo incentivos a ganaderos que asumieran compromisos más allá de los mínimos que establece la ley.

Sin embargo, entre los años 2007 y 2013, solo el 0,1% del presupuesto de este fondo se destinó al bienestar de los animales. Esta cifra basta para revelar con claridad la deficiencia con que la PAC entiende la vida de los animales. En lugar de contribuir al objetivo fijado como un valor europeo digno de defender, ha servido para intensificar la explotación de aquellos que el propio Tratado de Lisboa (la “constitución europea”) considera “seres sensibles”.

Alma Mª Palau Ferré, presidenta Consejo General Dietistas-Nutricionistas de España:

La base de la alimentación humana debe ser vegetal, es decir, verduras, legumbres, cereales integrales, frutos secos, aceite de oliva y frutas, que son los que aportan un gran número de sustancias promotoras de la salud como fibra, fitoquímicos, antioxidantes y baja densidad calórica además de vitaminas y minerales”.

A estos alimentos, según la misma experta, podrán añadirse carnes, pescados, huevos y lácteos en mucha menor proporción, así como en menor frecuencia también. Siendo a la vez totalmente compatible la salud óptima con un vegetarianismo estricto, siempre que se asegure el aporte vitamina B12, calcio y vitamina D, entre otros.

Y concluye:

Para ello recomendamos consumir más productos frescos y menos manufacturados, menos carne y más vegetales, así como fomentar el consumo continuado y habitual de alimentos ecológicos, biológicos, orgánicos, de temporada y de proximidad, en una cadena sostenible que finalmente beneficia a la salud”.

Otra de las cosas que plantea el informe que comentamos es lo siguiente: España emplea 402 mg de antibióticos por cada kilo de carne producida, cuatro veces más que Alemania y casi seis veces más que Francia. Y eso tiene consecuencia nefastas. En la UE fallecen unas 25.000 personas anuales por infecciones con bacterias resistentes a antibióticos.

Además de la gravedad de la aparición de resistencias a antibióticos por su uso masivo en ganadería, cabe preguntarse por la calidad de la carne derivada de los animales criados de esta manera.

Seleccionados para un crecimiento exprés, alimentados con piensos basados en maíz y soja transgénicos, medicados de manera sistemática, hacinados y estresados, estos animales producen carne de muy baja calidad.

La llegada al mercado de grandes cantidades de carne de baja calidad y bajo precio, unido a canales de distribución de los alimentos que dejan la mayor parte del beneficio en manos de los intermediarios y muy poco al ganadero/a, han empujado a las pequeñas producciones a la quiebra.

Las administraciones públicas están actualmente apoyando las producciones intensivas. Inquietante flujo de dinero público hacia manos de grandes productores y en apoyo a instalaciones de gran impacto ambiental. Hay consejerías de Agricultura, Medio Ambiente y Desarrollo Rural que están dando subvenciones para la puesta en marcha de macrogranjas de hasta 127.000€ por puesto de trabajo generado (que habitualmente es uno por instalación) y hasta el 65% de la inversión (Resolución de 22/06/2016, de la Dirección General de Desarrollo Rural).

Tal financiación pública está permitiendo alentar una burbuja que genera grandes beneficios para un puñado de empresas, a costa del medio ambiente, la salud de las personas y la vida en el medio rural.

La PAC cuenta con el mayor presupuesto de la Unión Europea (UE), más de 50.000 millones de euros al año dedicados a garantizar una producción viable de alimentos, la gestión sostenible de los recursos naturales, la lucha contra el cambio climático y la calidad de vida en nuestros pueblos.

Condiciona el estado de la naturaleza, los paisajes rurales y, sin duda, los alimentos que encontramos en nuestro plato. A pesar de estar en un proceso de reforma casi permanente, la desaparición constante de pequeñas explotaciones, la falta de relevo generacional en el campo o la despoblación rural nos indican que los objetivos socio-económicos no se están alcanzando.

Desde el punto de vista ambiental tampoco está legitimada, dado que gran parte de sus fondos se destinan a las explotaciones de mayor tamaño y/o más intensivas, con impactos insostenibles sobre el estado del suelo, el agua, la biodiversidad y el clima. El caso de las producciones de origen animal y su relación con la PAC es un ejemplo claro de cómo fondos públicos, empleados de una manera poco apropiada, conducen a una situación contraria a la que se persigue. Y lo que comemos es el resultado de esas políticas erradas.

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